Año y medio de un dramático pulso político


Desde abril de 2018 la mayoría del pueblo de Nicaragua desafió y repudió el proyecto de los Ortega-Murillo. A un alto costo, y durante más de año y medio, la mayoría social sigue firme en su convicción de luchar y de resistir cívicamente a la represión, mientras trabaja en la conformación de una coalición opositora que dirima el dramático pulso político que mantiene con la dictadura.

El pulso entre Ortega y la oposición azul y blanco se mantiene. De un lado está Ortega, acuerpado por una minoría fiel a la que ha logrado recuperar y a la que cohesiona con la falacia del “golpe de Estado fallido” y con la fantasía de la “normalidad” ya recuperada, más las prebendas, las lealtades de distinto origen, hasta los temores, por lo que los obispos han llamado “un sistema de odio y muerte instalado en el país”. Ortega pretende llegar con estos seguidores y esta estrategia hasta 2021 y reelegirse con un mínimo de votos, un máximo de abstención por desencanto y una oposición dividida, tras “espantarla, disolverla y desintegrarla”, como ya anunció la Vicepresidenta.

Del otro lado está la oposición azul y blanco, una mayoría social que sigue firme en su convicción de proponer, luchar y resistir de forma cívica, a pesar de una represión que se intensifica a diario. Entre dificultades, caminan hacia la conformación de una coalición opositora nacional.

Después de año y medio de iniciarse este dramático pulso, sin final previsible, es el deterioro económico el que ha tomado el protagonismo de la crisis - Fotografía de Coyuntura por Juan Daniel Treminio

De las calles a los hogares

La encuesta realizada por CID Gallup entre el 10 y el 20 de septiembre en 1,203 hogares de todo el país, demuestra que desde las calles en rebeldía política de 2018 (ahora vacías por un año de estado de excepción de facto), las preocupaciones de los nicaragüenses se han trasladado a las casas sacudidas por la crisis económica.

“Los temas económicos dominan la lista de los problemas nacionales. La crisis política que vivimos el año pasado cae del primer lugar en los problemas nacionales. Ahora, es el costo de la vida y el desempleo, problemas normales para cualquier país subdesarrollado como Nicaragua, los que dominan la atención de los pobladores. Con el paso del tiempo, la crisis política ha dejado de ser prioridad”, dicen los encuestadores al presentar su trabajo.

Y resumen así en qué punto está hoy la confrontación política: “El presidente Ortega mantiene el apoyo de una tercera parte de sus conciudadanos, en especial jóvenes y mayores de 40 años de edad, y aunque esta proporción está en descenso, es un bloque que se consolida. Y en la arena contraria, no se avizora una fuerza política definida y dos terceras partes de la población se declara sin preferencia política”.

69%: "el país va por el rumbo equivocado"

Atraer, convencer y dar expectativas positivas y esperanzas a esas dos terceras partes de la población que no se define, representa el mayor desafío de la oposición azul y blanco.

Las respuestas a otras preguntas evidencian que hay bastante espacio para avanzar en esas tareas porque son muchas las fisuras en el modelo político al que pretende dar continuidad Ortega: El 69% de los encuestados considera que el país “va por el rumbo equivocado”. Por “el rumbo correcto” sólo lo ve transitar el 19%, ni siquiera la tercera parte fiel al régimen.

Cuando, rememorando los acontecimientos de abril de 2018, se le pide opinión a la gente sobre lo que sucedió, sólo un 28% acepta la versión oficial, y responde que “fue un intento de golpe de Estado”, mientras que un 40% no cree en el reiterado e insistente discurso del “golpismo”: un 23% considera que fue “una exigencia a Ortega y a Murillo para que dejen el poder” y un 17% dice que fue “una represión gubernamental a la protesta cívica”. El 27% no sabe qué responder… o tiene miedo de decir lo que piensa, temor verosímil por el estado de total control territorial del régimen, como los encuestadores pudieron comprobar, según explicó Bryan Ureña, analista senior de CID Gallup.

La responsabilidad por los “muertos y víctimas” en los sucesos de abril también fue tema de la encuesta. Una mayoría del 45% se la achaca al Gobierno. Al “Gobierno de Ortega y Murillo” (36%) o “a la Policía” (9%). Una minoría del 20% se la adjudica, a partes iguales (10% y 10%) a “la población civil” y a “los universitarios”. Y de nuevo, un buen porcentaje, 29%, no responde a la pregunta.

Según la última encuesta de CID Gallup, un alto porcentaje de la población considera que en Nicaragua quien manda es Rosario Murillo y no Daniel Ortega - Fotografía de Coyuntura por Jairo Videa

¿Quién manda? ¿Ya todo está normal?

Hay más fisuras. A la pregunta “¿Cómo considera usted que Daniel Ortega desempeña su labor como presidente?”, el 57% respondió que “mal” y “muy mal” y menos del 20% aprueba su labor. Ésta parece ser la primera encuesta que pregunta “quién manda en Nicaragua”, si Ortega o si Murillo. El 32% considera que es ella la que manda, el 16% dice que es él, el 24% dijo que ambos y un alto porcentaje, el 27%, prefirió no responder.

La gestión de Murillo es considerada negativamente por el 51% de los encuestados, que dicen que lo hace “mal” o “muy mal”, un descenso que resulta significativo, pues en la encuesta de CID Gallup de enero de 2018, un 77% consideraba que ella lo hacía “bien” o “muy bien”.

Las opiniones que cuestionan la “normalidad” que el país ya habría recuperado son mayoritarias: 74%. El 24% considera que “ya las cosas están normales”; el 27% ve esperanza de normalidad cuando se realicen las elecciones, con el condicionante que algunos señalaron: “Pedimos a Dios que las elecciones sean honestas”; y un grupo también significativo (23%) estima que sólo habrá normalidad “cuando Ortega y Murillo salgan del poder”.

44% apoya "una coalición"

A la pregunta sobre el “partido político preferido” el 25% de los encuestados respondió que era el FSLN y el 66% no identificó a “ninguno”.

La respuesta a otra pregunta abre un camino al trabajo de la oposición: un 44% ve “favorable” una “posible coalición” entre la Alianza Cívica por la Justicia y la Democracia y la Unidad Nacional Azul y Blanco, mientras que el 28% la ve “desfavorable”, porcentaje que es más o menos el de quienes siguen al FSLN.

Hace ahora más de un año, en junio y julio de 2018, predominaba en las calles de todo el país una mayoría social autoconvocada, determinada y en efervescencia. “Hasta entonces el movimiento había sido espontáneo y voluntarista (rememoró en una charla con la Revista Envío el catedrático Ernesto Medina, miembro de la Alianza Cívica), pero ya percibíamos que el problema no se iba a resolver con cuatro o cinco marchas gigantescas en Managua y en el resto del país… Ya había señales de que era necesaria una organización más sólida, más estructurada y con un análisis más realista para saber qué cosas hacer y para poder tener perspectivas de éxito ante la represión sangrienta que Ortega había desatado”.

Según la última encuesta de CID Gallup, un alto porcentaje de la población considera que en Nicaragua es necesaria una coalición - Fotografía cortesía

El largo camino a la unidad

El camino a la unidad opositora no ha sido ni sencillo ni rápido. Y aún le faltan etapas. La excarcelación (aún no liberación, porque siguen siendo asediados y con expedientes abiertos) de los principales líderes de las protestas en junio de 2019, ha contribuido a acelerarlo, aún en medio de tropiezos de egos y del estratégico vacío que representa la falta de una cultura de debate en el país.

La coalición va naciendo y en ella se van agrupando jóvenes universitarios, ex-presos políticos, familiares de presos políticos, feministas, madres de jóvenes asesinados, empresarios, abogados, campesinos, líderes de movimientos sociales, profesionales de la salud, líderes del Caribe, periodistas y políticos de varios colores partidarios. Dedican esfuerzos a desarrollar la unidad y la organización comarcal, municipal y nacional, y han puesto énfasis en el trabajo internacional. Dada la necesidad de que los esfuerzos nacionales tengan el respaldo internacional (“solos no podemos”) el contacto permanente y documentado con la comunidad internacional es una tarea indispensable.

Entre otras cosas, porque como bien dice José Miguel Vivanco, director de Human Rights Watch, “Venezuela captura toda la atención del mundo y hay que hacer esfuerzos especiales para que Nicaragua no salga de la agenda”.

"Apliquen sanciones"

En todos los espacios la coalición azul y blanco ha pedido más sanciones que presionen a Ortega para que regrese al diálogo, adelante las elecciones y devuelva las libertades y derechos confiscados por el estado de sitio que le ha impuesto al país.

La coalición ha pedido que se acelere la aplicación de la Carta Democrática, a pesar de las consecuencias económicas que la salida de Nicaragua del organismo regional podría ocasionarle a todo el país. También ha pedido más sanciones individuales para los responsables de la violación de derechos humanos, incluidos los altos mandos del Ejército, por ser cómplices de la represión.

También se reunió la coalición azul y blanco en San Salvador con la Comisión Especial de la Organización de Estados Americanos (OEA), a la que Ortega cerró las puertas de Nicaragua, que tiene el mandato de elaborar un informe sobre la situación de Nicaragua en un plazo máximo de 75 días.

“Creo (dice Violeta Granera, del Frente Amplio por la Democracia, y del Consejo Político de la UNAB) que ha sido la delegación más amplia y más diversa que hemos tenido en el trabajo internacional”.

"El virus de la desconfianza"

El pulso político se mantiene firme y vigente entre la mayoría social que repudia a Ortega y anhela un cambio y la minoría “consolidada” que sigue a Ortega. Es difícil prever cómo se resolverá. Tampoco es previsible cuándo. Nicaragua se ha polarizado entre la mayoría y la minoría y se palpa lo que los obispos, en su comunicado por las fiestas patrias de septiembre, llaman “un sistema de odio y muerte instalado en el país”.

Se palpa el “malestar” que este sistema produce. “Una de las razones que está en la raíz de ese malestar se debe a una crisis de confianza que se ha transformado en nuestra Nicaragua en un virus omnipresente... Se desconfía de la autoridad, se desconfía de las instituciones, se desconfía de las buenas intenciones y hasta de la viabilidad de los proyectos propios… Es imposible crecer en desconfianza, es imposible educar en desconfianza, es imposible amar con desconfianza. La desconfianza corta la trama del tejido humano y hace que se desplome la viga que sujeta el templo, la nación y el hogar”.

¿Cómo perdonar tanta crueldad?

En este clima insano, los obispos abundan en preguntas más que en consejos o certezas: “¿Cómo poder contribuir a la solución de los acuciantes problemas sociales, políticos, y responder al gran desafío de la pobreza y de la exclusión? ¿Cómo hacerlo en un país que se encuentra en una profunda crisis política, social y económica, cuando parece asomarse el inicio de una nueva etapa, con sus correspondientes desafíos para nuestra convivencia democrática?...”

“¿Es posible mantener la esperanza cuando todo parece indicar que no existe un poder capaz de resolver nuestra crisis? ¿Qué hacer si la palabra de la sociedad civil no cuenta? ¿Es posible hoy en Nicaragua ser católico y trabajar para una institución que no respeta la conciencia y juega con el hambre de la gente? ¿Cómo perdonar tanta crueldad a la que hemos sido sometidos? ¿Es posible sanar estas heridas?...”

Son preguntas todavía abiertas, como lo son las heridas, como lo es la trayectoria hacia la unidad que la mayoría social azul y blanco ha emprendido.

Lea el artículo completo de la Revista Envío aquí.

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