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Pedro Fonseca: "Falta una luz de esperanza que reanime toda esta potencia social de cambio"

Conversé con Pedro Salvador Fonseca, Máster en Paz y Conflicto de la Universidad Mandataria para la Paz de las Naciones Unidas. Recientemente fue nombrado Embajador de la Paz 2021 por parte de One Young World y la Unión Europea para integrar la pasada Cumbre Mundial de Jóvenes Líderes en Munich, Alemania.


Fonseca considera que el actual contexto del país no tiene precedentes, y que puede empeorar, pero que existen soluciones desde la práctica cotidiana para transformar la sociedad.


Por Juan Treminio | @DaniTreminio

Co-Director y Periodista de Coyuntura

Managua, Nicaragua

¿Cómo te fue en la Cumbre de Jóvenes?


"Participamos personas que provenimos de sociedades profundamente divididas y en conflicto y que de alguna manera trabajamos en la transformación de esto. Estuvimos alrededor de 700 personas presencialmente, y creo que más de 1,000 de manera virtual, para reflexionar sobre los retos globales en la agenda internacional contemporánea, con el objetivo común de crear una mejor sociedad".


Mientras participabas en un foro global, en Nicaragua la crisis de derechos humanos se agudizaba. ¿De qué forma se planteó en dicho espacio la situación que se vive en el país?


"Fue un encuentro intenso en el que tuvimos la oportunidad de conversar con líderes globales y personalidades reconocidas que tienen compromiso social y político.


Naturalmente aprovechaba cada espacio y cada oportunidad para poner de manifiesto la situación de Nicaragua, particularmente, y la situación de Centroamérica, porque me parece que no podemos aislar las situaciones de la región. Me sentí orgulloso de ser abanderado de mi país. Aunque fue un acto simbólico me conmovió muchísimo, porque pude ondear mi bandera sin que me fuesen a reprimir por algo tan básico.


Hubo mucha discusión sobre la construcción de paz y la consolidación de una paz positiva en nuestros países. Lo más interesante fue compartir experiencias con víctimas del conflicto en Siria, Afganistán, Montenegro, Serbia, Bosnia, que de pronto pueden parecer sociedades muy ajenas a la nicaragüense, pero al final tenemos más en común de lo que parece".


¿Qué es lo que particularmente te preocupa sobre la situación de Nicaragua?


"Un proceso electoral viciado, las graves afectaciones a los derechos humanos y los altos índices de violencia política".


¿En cuál de estos puntos haces énfasis?


"La situación de Nicaragua es tan compleja que de pronto tenemos que hacer énfasis en lo urgente y no tanto en lo importante, porque hay temas muy importantes, como el incremento de la pobreza, la desigualdad, el acceso y el desgaste de la educación, violencia de género, entre otros. Sin embargo, lamentablemente las condiciones nos han obligado a priorizar lo urgente, y lo urgente es la violencia política, los crímenes de lesa humanidad, las condiciones de este proceso electoral. Es decir, todo lo fundamental para poder conseguir lo demás.


Es un contexto nacional adverso, que necesita cada vez más visibilidad. Uno de los más grandes retos es evidenciar que en Nicaragua no existen condiciones para un proceso electoral que cumpla con lo mínimo de las normativas nacionales, mucho menos internacionales. Los crímenes de lesa humanidad de 2018, las detenciones ilegales de candidatos, líderes de la oposición, periodistas, defensores de derechos humanos".


¿Las votaciones del 7N son una oportunidad perdida? ¿Se podían resolver las múltiples crisis y conflictos como en 1990?


"Mi trabajo no es juzgar ni señalar, pero sí comprender y contextualizar. Lo que ha pasado en ese sentido es que hubo una pérdida del norte por parte de quienes ocuparon el liderazgo en la oposición. Lamentablemente se antepusieron los intereses personales y no los colectivos.


El espíritu de paz y de transformación social que llevó a la gente a las calles en el 2018, eso ya no fue evidente meses después cuando se hablaba de liderazgos opositores. Todo lo contrario. Lo que existía era un grupo de personas que se sentaba con el régimen y que negociaban para hacer prevalecer sus negocios, sus intereses personales, frente a la demanda de las personas víctimas, de personas presas políticas, de madres de personas asesinadas. Eso por un lado.


Por otro lado, claramente los niveles de represión y de violencia estatal en Nicaragua son altísimos. Ciertamente se concibió la idea de que estas elecciones serían como el punto de cambio, pero es considerablemente iluso haber pensado en ello tal a cómo se piensa de elecciones en las democracias".


¿Qué se requería para no pensar ilusamente?


"Para que el proceso electoral hubiese sido exitoso, se requerían de muchas condiciones que lamentablemente no existieron desde antes y que al día de hoy son evidentes. En el desarrollo del contexto hubo un grupo de personas y de organizaciones que creían ocupar legítimamente el lugar de la oposición, pero que lo único que hacían era jugar según el ritmo de la dictadura.


Lo que no hay que perder de vista es que el movimiento de abril es mucho más fuerte que todo esto, es mucho más fuerte que las élites tradicionales del poder y hay que continuar pensando de esa manera".


¿Mientras se impone un Estado de terror?


"A pesar de todo yo creo que aún tenemos un porcentaje, alto o bajo, de anhelo por la transformación, por el cambio. Anhelo por democracia, por paz. Eso es lo que nos queda de abril. En abril todos soñábamos.


Todas las personas nicaragüenses soñábamos con una sociedad, tal vez no idílica, pero al menos mucho más diversa, inclusiva, democrática. Creíamos en la oportunidad de una Nación en la que pudiésemos existir y coexistir todas las personas en su diversidad. Comunidades originarias, campesinos, colectivo LGBTIQ+, laicos, movimientos feministas, tal a como se vivió en las manifestaciones. Ese anhelo todavía no se pierde y por eso estamos haciendo lo que hacemos".


¿Qué resta por hacer?


"La intención del régimen con el uso tan desproporcionado de la fuerza es callar ese anhelo. A la larga no es ni sostenible, ni estratégico. Entonces hay que continuar pensando de esa manera, sosteniendo ese anhelo. Es verdad que ahora mismo tenemos condiciones adversas, pero esto no puede continuar mucho tiempo y esto no va a ser eterno, entonces hay que pensarlo así".


¿Qué más puede estar al alcance de la sociedad, a parte de sostener ese anhelo?


"Falta una pequeña luz de esperanza que reanime toda esta potencia social de cambio y de paz. Y perdón. Perdón que de pronto hable tanto de paz. Pero no lo hago como la compañera (Ríe).


Hablo de paz desde una perspectiva positiva, alcanzable, metodológica y además científica. De la paz que anhela la sociedad, que se traduce en la diversidad, en la democracia y la libertad.


Lo que hace falta es eso. Un destello de esperanza. Un mínimo destello de esperanza. Porque lamentablemente las figuras tradicionales de oposición no generan esperanza ni generan confianza. Estamos acostumbrados a ver en en las figuras de liderazgo y de oposición a personas mayores que no pertenecen lamentablemente al contexto, que a veces ni siquiera entienden que es lo que está pasando en el mundo actualmente, y no entienden a la juventud, no entienden a las mujeres, no entienden la crisis ambiental".


¿Cuál podría ser ese destello de esperanza?


"El destello de esperanza de cambio está en las personas que de verdad inspiran a transformar, que inspiran a cambiar, sin que se trate de héroes o de heroínas. Yo no creo en los héroes, no creo en las heroínas. Yo creo en los esfuerzos cotidianos mínimos por transformar, por cambiar, porque es ahí donde nace el compromiso social, y de ahí es donde va a surgir nuestro próximo pacto social para construir esa Nicaragua que tanto se espera".


¿Es un proceso lento?


"Claro. Si se hace rápido, esa es una de las razones de nuestros fracasos como país. Nicaragua ha venido improvisando toda la vida. La improvisación implica hacer las cosas rápido, a la carrera, y a veces no se hace bien. Entonces, yo hablo de un proceso lento que implica tiempo, pero que implica esfuerzo y compromiso; solo eso al final va a lograr producir resultados".


¿El de Nicaragua es un contexto con precedentes?

"Es una situación que puede asimilarse o no a situaciones del pasado. Es muy particular. Los niveles de brutalidad y del uso desproporcionado de la fuerza y de la violencia que se está experimentado en Nicaragua no tienen precedentes, que de ninguna forma justifica los procesos violentos del pasado. Esta es una coyuntura particular que también habla de la degradación de la sociedad humana, de que nos acostumbremos a la violencia, al terror, al uso de la fuerza. Eso no está bien.


Ese es mi compromiso y la insistencia para trabajar en la transformación de conflictos y en una educación para la paz que nos permita construir una sociedad más inclusiva, más libre, más democrática. Que entendamos que la violencia no es únicamente cuando la Policía o el Estado la ejerce.


Los niveles de violencia en Nicaragua son tan fuertes y tan profundos que está afectando psicológicamente la cotidianidad. Nadie duerme en paz, nadie duerme tranquilo. Todos los días estamos a la expectativa de que pase algo violento. No podemos acostumbrarnos a vivir de esa manera".


¿Nicaragua será un caso de estudio?


"A pesar de lo brutal y lo difícil que ha sido todo esto, debe servir para generar aprendizajes y reflexiones, no solo para el país, sino para la región y para el mundo".


¿Esta situación puede empeorar o mejorar en los próximos meses?


"Esto puede agravarse por múltiples razones. Pero confío en que las presiones internacionales e internas en contra de la dictadura van a intensificarse. También confío en las personas de mi generación porque al final creo que tenemos una perspectiva más amplia de la situación y eso nos permite generar cambios, ya sea dentro o fuera de Nicaragua.


Nos encontramos frente a un régimen que no tiene estrategias. Un régimen que no tiene planes, que improvisa. Y al final todos sabemos lo que sucede con ese tipo de regímenes. Nos va a tocar atravesar tiempos más duros, pero al final de ello vamos a lograr conseguir esa transformación que tanto necesitamos".


Paz es una de las palabras favoritas de Daniel Ortega. ¿Tendrá algún concepto distinto para él?


"En la mayor parte de contextos sociales y políticos 'paz' es uno de los términos más manoseados y más mal utilizados de manera populista por los regímenes, particularmente latinoamericanos. Existen muchas tergiversaciones de conceptos fundamentales como libertad, paz, prosperidad, solidaridad. Entonces, la paz no es no es excluyente. Para el régimen 'paz' no es nada más que un eslogan, una mampara que le sirve para solapar, de forma fracasada, todas las acciones violentas de las cuales es responsable.


Son puras retóricas al final, pero estas son retóricas que contaminan, ensucian lo más profundo del corazón de la sociedad en general".

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