Tiempos de pandemia y polarización: ¿Qué representa Bukele y qué ve la gente en él?

El enfrentamiento político, recrudecido en el contexto de la pandemia por el coronavirus, con el que convivimos en El Salvador es entre el Poder Legislativo y el Poder Ejecutivo, algunas veces terciado por el Poder Judicial. La polarización que mantiene en tensión al país se da entre un Legislativo que quiere gobernar y un Ejecutivo que quiere legislar.


Por: Luis Antonio Monterrosa - Profesor del Departamento de Sociología y Ciencias Políticas de la Universidad Centroamericana José Simeón (UCA) de El Salvador.


Nayib Bukele, Presidente de El Salvador, junto a personal del hospital recién inaugurado en el país - Fotografía de Presidencia de El Salvador

Desde el primer momento....


En junio de 2019 Nayib Bukele, titular del Poder Ejecutivo, llegó al gobierno con un discurso muy beligerante contra “los mismos de siempre”, a quienes acusó del escaso avance del país en la seguridad y en las oportunidades económicas, señalándolos de ser responsables del saqueo de las finanzas públicas. Con exPresidentes en proceso judicial, y uno de ellos -Antonio Saca- guardando prisión, el argumento era irrebatible.


Mientras en el Ejecutivo se veían vientos de cambio, en el Legislativo permanecían los representantes del FMLN y de ARENA, los dos partidos perdedores de la contienda presidencial. Y si hasta ese momento eran grandes adversarios, en la derrota encontraron grandes coincidencias para enfrentar al Ejecutivo.


Por eso, desde el primer momento, al gobierno de Bukele se le presentaba un escenario cuesta arriba. Aunque contaba con una representación de legisladores de GANA, el partido con el que finalmente se postuló, y con legisladores del PCN, que parecía dispuesto a colaborar, estaba claro que siempre el FMLN y ARENA tendrían los votos suficientes para bloquearle cualquier iniciativa, comenzando con la aprobación del presupuesto para 2020. Desde ese momento, el frecuente empantanamiento de los procesos legislativos fue el contexto que desembocó en los acontecimientos del 9 de febrero, cuando Bukele se presentó en la Asamblea acompañado del Ejército, para enfrentar a un Poder Legislativo que obstaculizaba sus proyectos.


La tensión por la cuarentena


El escenario de la pandemia por el Covid-19 empeoró las relaciones Ejecutivo-Legislativo. Bukele tomó rápidamente medidas de contención para frenar el coronavirus y urgió al Legislativo a acuerpar la medida de la cuarentena domiciliar.


Técnicamente, el Ejecutivo tiene la potestad, apelando al Código de Salud, para imponer una cuarentena en tiempos de epidemia. Sin embargo, para hacerla real tenía que restringir la libre movilización de la ciudadanía e imponer la cuarentena a quienes incumpliesen con el confinamiento. Para el Legislativo eso significó la restricción de derechos constitucionales y, por tanto, medidas propias de un estado de excepción. Y sonaron las alarmas.


La tensión cuarentena sí-cuarentena no mantuvo en vilo a la población. ¿El Ejecutivo ordenaba una medida sanitaria o era una medida que favorecía su autoritarismo, fantasma que había despertado por los acontecimientos del 9 de febrero? Empresarios, analistas e intelectuales señalaron el sesgo autoritario de la cuarentena, que violentaba la libertad individual. Y el Legislativo renovó una única vez la cuarentena.


Treinta días después de los excesos propios de la Semana Santa, y no por las actividades religiosas -que fueron suspendidas-, los contagios comenzaron a aumentar. Mientras el Ejecutivo intentaba legislar valiéndose de leyes secundarias como el Código de Salud para hacer posible otra cuarentena, el Legislativo aprobaba leyes que pretendían establecer las medidas que el Ejecutivo debía tomar para frenar la pandemia, leyes que terminaban siendo vetadas por el Ejecutivo por considerar que violaban la potestad del Ejecutivo. Y aunque el Poder Judicial intentaba balancear la tensión, urgiendo a las partes a conciliar posiciones, y a acordar un decreto de mutua aceptación, fue imposible.


“Amanda”: otra emergencia


A finales de mayo, la tormenta “Amanda”, causante de más de dos docenas de muertos y de grandes estragos, crispó más las cosas. El Ejecutivo declaró emergencia nacional, tal como en los últimos treinta años habían hecho todos los gobiernos ante catástrofes similares. Sin embargo, el Legislativo y el Judicial declararon nula la potestad del Ejecutivo para esa declaración, renovando el estira y encoge entre los poderes del Estado.


Según el Legislativo, el único interés del Ejecutivo al declarar la emergencia era poder utilizar fondos de emergencia, hacer compras directas y reasignar fondos entre ministerios, lo que interpretaban como abrir el portillo a la corrupción y al enriquecimiento ilícito.


Los diputados respondían sometiendo cualquier empréstito a estrictos y lentos procesos de aprobación y designando comisiones de verificación y procesos de rendición de cuentas del Ejecutivo al Legislativo.


Hasta febrero de 2021 habrá solución


Ambas partes tienen claro que esta pugna no se resolverá sino hasta las elecciones municipales y legislativas programadas para el 28 de febrero de 2021. Ambas aspiran a desgastar tanto como puedan al adversario. Hasta el momento, diversas encuestas de opinión van progresivamente colocando en mejor posición para esos comicios a Nuevas Ideas, el partido que creó Bukele a fines del 2018 y que no alcanzó a tener listo para las elecciones de 2019, usando entonces al partido GANA como vehículo para postularse a la Presidencia.


La ausencia de una "tercera fuerza"


¿Hacia dónde va El Salvador? Las dimensiones que ha alcanzado la polarización nacional requieren de varias reflexiones. Ensayemos algunas. La primera, la de la ausencia de una “tercera fuerza”.


Todo cambio en el Ejecutivo, especialmente cuando ha habido un cambio de partido en la dirección del gobierno, suele levantar ilusiones, esperanzas y suspicacias. Hay defensores y opositores. En este año 2020, y progresivamente, hemos visto cómo todas las propuestas y casi todos los análisis quedan inmediatamente alineados y el clásico “con nosotros o contra nosotros” ha asumido carácter absoluto y perentorio, sobre todo porque ambas partes exigen la alineación.


Durante la guerra civil de los años 80 el elevado nivel de polarización entre los dos bandos armados motivó la continuación del conflicto armado. Ambas partes sólo coincidían en negarse al diálogo y a la negociación. Fue la ofensiva del FMLN de noviembre de 1989 -contexto en el que seis jesuitas y dos de sus colaboradoras fueron asesinados por una unidad élite del Ejército- lo que demostró que el FMLN no estaba tan débil como decía el gobierno -se había tomado la capital en una maniobra militar sin precedentes-, y que las fuerzas del gobierno no estaban al borde de la derrota y podían prolongar la guerra, contando con el apoyo de Estados Unidos.


Fue en el contexto polarizado previo a la ofensiva y a su asesinato, que Ignacio Ellacuría se preguntaba quién podría convencer a los polarizados y decirles “por el bien de las mayorías y del país, ¡pónganse a trabajar!”. Ellacuría creyó en la posibilidad de un sujeto histórico que, asumiendo la forma de una tercera fuerza -no un “tercerismo”- representara los intereses de las mayorías. La identificaba en una organización popular de espíritu socrático e inspiración cristiana.


Hoy, una “tercera fuerza” así parece aún más lejana que entonces. Con poco éxito, el arzobispo José Luis Escobar ha llamado en varias ocasiones a las partes a la sensatez y al diálogo por el bien del país, mientras, voluntaria o involuntariamente, todos los sectores han continuado alentando el alineamiento polarizado, muchas veces alegando neutralidad.


¿La hora de la burguesía revolucionaria?


Si como decía Karl Marx, un gobierno no es más que el administrador del gran capital, es útil perfilar el carácter de este enfrentamiento. ¿Es Bukele representante de la fracción de la burguesía que se pretende revolucionaria?


Durante el gobierno de ARENA (1989-2009), desde Alfredo Cristiani -hoy claramente indiciado como autor intelectual de la masacre en la UCA de 1989- hasta el encarcelado Antonio Saca, la función administrativa del gran capital fue clara y transparente.


Durante los dos gobiernos del FMLN (2009-2019), aunque los gobernantes pretendieron aparecer como los gestores de un gran cambio, en realidad los intereses del gran capital apenas fueron afectados: el FMLN no se atrevió a modificar correlación de fuerzas ni en el ámbito económico ni en el político. Lo que se vivió fue un bipartidismo sensato que parecía aguardar el momento oportuno o para el cambio social o para su retroceso. Un poco a la chilena: no más Pinochet, pero mejor no cambiar nada de lo que Pinochet nos dejó…


Del perfil del actual gobierno y de su Presidente se ha dicho de todo: es un gobierno sin rumbo, es neoliberal, es gallo-gallina, es fascista, populista, es la nueva-izquierda-popular, es oligárquico. No faltan periodistas y analistas que han alineado a Nayib Bukele en la corriente que une a Trump con Bolsonaro y Ortega por su gestión de la pandemia… Pero “por muchas manchas que tenga el gato, no se hace tigre”.


Nayib Bukele viene de la izquierda, del FMLN, partido con el que fue elegido alcalde de San Salvador hasta su expulsión en 2017, pero su “extracción de clase” es típicamente burguesa. Viene de la burguesía. Nuevas Ideas, el partido que creó, se nutre de afiliados de base, tanto del FMLN como de ARENA, recicla funcionarios de uno y de otro bando y acoge a nuevos personajes sin trayectoria política.


“Revolucionaria” por su potencial de cambio


Para explicar la novedad que representa o puede representar Bukele hay que considerar que el actual Ejecutivo representa el esfuerzo de una fracción de clase, históricamente relegada del manejo político y económico del país, que se presenta como una alternativa política a la derecha, pero que optó por la maquinaria del FMLN para desarrollarse. Por dos razones: porque el FMLN le abrió sus puertas y porque en su autoconciencia este grupo de la burguesía se concibe a sí mismo como revolucionario.


“Revolucionario” en este caso no significa que represente los intereses y la voluntad del proletariado o de las mayorías populares. Lo es simplemente por lo que Marx señalaba ya en el Manifiesto del Partido Comunista respecto a la burguesía: por su potencial de cambio. La burguesía, decía Marx, “ha desempeñado en la historia un papel sumamente revolucionario” y añadía que la burguesía “no puede existir sin revolucionar permanentemente los instrumentos de producción; es decir, las relaciones de producción, es decir, todas las relaciones sociales”.


Esta fracción de clase asociada a la burguesía tiene su origen en la emigración palestina. No es parte del gran capital. Los Handal -de izquierda o de derecha-, los Bukele, los Dada, los Simán, los Salume, han ido progresivamente prosperando y ahora reclaman en cierta manera su derecho a conducir el país, señalando la insuficiencia del modelo político bipartidista ARENA-FMLN, desgastado por la corrupción y por el lento avanzar del progreso social. Y cuestionando también el modelo económico basado en las remesas, en la expulsión migratoria y en el desarrollo del país como un centro logístico regional.


La crítica que este grupo hace al modelo político y económico no quiere decir que su esfuerzo “revolucionario” se oriente a trastocarlo. Lo que reclaman es ser mejor incluidos en la repartición del pastel.


Si la modificación del modelo que pretenden pasará sólo por la participación de sus empresas en las ganancias que genera el modelo o supondrá giros concretos que beneficien a las mayorías es algo que está por verse. Se vería especialmente en la posibilidad de concretar un cambio consistente en el actual esquema impositivo, que hoy tanto beneficia al gran capital y a la burguesía.


El gran capital salvadoreño sigue incólume


Por el momento, sólo es posible visualizar los términos de la disputa, no tanto respecto al gran capital, sino respecto al resto de grupos asociados a la clase dominante en el país.


El gran capital sigue incólume y fortalecido tras treinta años de los sucesivos gobiernos del país. Todos han sabido resguardar sus intereses y apoyar su proyección internacional, no sólo en el sector financiero, un sector que en los años 90 era su favorito.


De hecho, los Poma (Grupo Roble), los Murray Meza (Grupo Agrisal), los Simán (Grupo Simán), los Kriete (Grupo exTACA-AVIANCA, Volaris), el Grupo Callejas y otros se han posicionado en la región centroamericana buscando hacer de El Salvador un privilegiado centro logístico regional, dejando el sector del capital financiero en manos de sus socios mayoritarios hondureños y colombianos.


La mejor expresión de la pugna en este sector de la clase dominante se registró en el estira y encoge que protagonizaron ante las medidas del Ejecutivo para enfrentar la pandemia.


Javier Simán -candidato presidencial de ARENA, quien perdió ante Bukele, dirigente de la Asociación de la Empresa Privada (ANEP), retiró el apoyo de la organización gremial a la gestión gubernamental ante la pandemia, lo que provocó acciones y reacciones. El Ejecutivo tuvo que recurrir a una muy publicitada sesión de trabajo con representantes del gran capital, que culminó con su respaldo a las medidas necesarias para enfrentar la crisis sanitaria y en llamar al Legislativo a respaldarlas.


Este grupo parece querer cambios


Hasta no ver más claramente el rumbo que tome este gobierno lo que es claro ya es que un grupo del capital pugna por recolocarse en el poder, abriéndose paso y enfrentando a quienes se han cobijado a la sombra del gran capital. Parecen querer ampliar el estado de bienestar para muchos, lo que en un país como El Salvador, con una desigualdad tan pronunciada, exige ser modestamente revolucionario en el sentido burgués clásico.


Y es a partir de esta lectura, que siempre flota en el aire la pregunta: ¿Qué representaron, para el “cambio revolucionario” los dos gobiernos del FMLN entre 2009 y 2019? José Luis Merino, quien fuera importante dirigente del FMLN declaraba que el FMLN tenía un perfil “antisistema”. Vinculado Merino a los cuestionados negocios de Alba Petróleos, un expresidente Funes buscado por la justicia, diversos exfuncionarios del FMLN cuestionados y un partido con tan agudo descenso en las últimas elecciones, la pregunta queda sin responder… Sin duda, ese vacío de respuesta abrió la posibilidad de que otras figuras entraran a llenarlo, ya que el partido “de izquierdas” no pudo o no quiso hacerlo.


Integrados y apocalípticos


A mitad de los años 60, Umberto Eco publicó su libro “Apocalípticose integrados”, para analizar diversas posturas ante el auge que tomaban los medios masivos. Eco proponía esas dos categorías para ejemplificar dos maneras distintas y contrapuestas de ver esa realidad. Podemos emplearlas ante la polarización con la que convivimos hoy en El Salvador.


Para Eco, los “apocalípticos” ven la comunicación de masas negativamente. Partiendo de una concepción elitista de la cultura, les aterroriza su masificación y son capaces de distinguir los hilos de la manipulación que se esconden tras la producción masiva de cultura a través de los medios. Los “integrados” ven en los medios masivos la oportunidad de expresarse de las mayorías, critican la concepción elitista de la cultura y no sospechan de los hilos de la manipulación.


Donde los integrados ven una oportunidad, los apocalípticos ven una amenaza. Y donde los integrados denuncian en los apocalípticos una actitud elitista, éstos la niegan.


Estas dos categorías pueden ser útiles para analizar la polarización del país en tiempos del coronavirus.


Una escalada de autoritarismo


Más allá de lo acertado o no de la cuarentena, de su momento o de su intensidad, los apocalípticos han tendido a ver la medida como una confirmación del creciente autoritarismo del Ejecutivo, máxime si la medida incluye el despliegue de las fuerzas armadas en las calles y si la policía detiene y lleva a centros de contención a quienes rompen la cuarentena. También los cierres de fronteras, de aeropuertos, del comercio y de la actividad productiva han sido vistos como medidas que sólo tienen como objetivo instalarse autoritariamente en el poder.


Ven en esa “escalada de autoritarismo” una afrenta contra el sagrado derecho a la libertad de expresión, de movilización, de fijación de domicilio… y, sobre todo y lo peor, un atentado contra la libertad económica. Argumentan que el confinamiento paraliza la economía y plantean que “a fin de cuentas, siempre tienen que morir unos para salvar a otros”, rozando la idea de la inmunidad del rebaño, a pesar de que Suecia no la alcanzó y ni salvó su economía ni salvó vidas.


El carácter polarizado de esta posición hace que a quien critique la visión apocalíptica por insuficiente, o por cualquier otra razón, se le coloque de inmediato en el bando opuesto.


La salud por sobre la libertad


¿Cómo ven los integrados la medida del confinamiento? Como una necesidad para prevenir la pandemia. A pesar de haberla decretado, a mitad de julio ya contabilizábamos unos 300 casos diarios de contagio, con las complicaciones derivadas para nuestro precario sistema de salud.


Los integrados entienden que el derecho a la salud de la colectividad es superior al derecho a la libertad individual o económica y que la salud colectiva puede justificar la restricción de la libertad individual y hasta justificaría el uso de la fuerza pública para garantizar el confinamiento, que no puede ser voluntario, ni siquiera obligatorio, sino forzoso. Ven el uso de la fuerza como un mal necesario.


El carácter polarizado de esta posición hace que a quien critique la visión integrada por insuficiente, o por cualquier otra razón, se le coloque de inmediato en el bando opuesto.


La necesaria posición intermedia


Los apocalípticos no caen en la cuenta, intencionadamente o no, que al clamar por la libertad socavan la necesaria disciplina en tiempos de pandemia, que son extraordinarios. Más de un preclaro jurista ha dicho que nada hay por encima de las libertades establecidas en la Constitución, ni siquiera el derecho a la salud.


Y los integrados no caen en la cuenta, intencionadamente o no, que justificar el recurrir a las fuerzas armadas es un riesgo muy peligroso y ya conocido en el país desde 1932 cuando el recurso a las armas y a los militares fue empleado para solucionar las diferencias políticas. Este riesgo toma forma con el antecedente del 9 de febrero, cuando Bukele se tomó la sede del Legislativo acompañado de militares.


Debería ser posible alcanzar una posición intermedia. Algo así como “vamos a proteger la salud de todos, pensando sobre todo en los más vulnerables, garantizando que las restricciones sean temporales, que los militares no consigan más poder y confiando en la responsabilidad personal”. O algo así como “vamos a garantizar el goce de las libertades fundamentales mientras protegemos la salud de todos”.


Aunque esto suena bien, los encuentros entre los equipos de trabajo del Ejecutivo y del Legislativo para lograr una legislación con este fin han terminado en nulos resultados.


Nayib Bukele: con aprobación mayoritaria


Algunas encuestas muestran una aprobación de las posiciones de Bukele ante la pandemia de más del 90%, lo que indica que si el objetivo de la oposición era frenar las simpatías por el gobernante, el efecto parece haber sido el contrario y el temido control del Estado por el Ejecutivo parece estarle siendo servido en bandeja de plata por ARENA y el FMLN.


Esto se demostraría si en febrero de 2021 el resultado de las elecciones legislativas y municipales fuera una demoledora victoria para Nuevas Ideas, que desbancara del Legislativo a ARENA y al FMLN.


Son simplemente las antinomias de la democracia. La diversidad empuja al conflicto. Y la polarización, buscando un mayor control del poder, empuja a excesos autoritarios. Son de temer tanto las tendencias autoritarias dispersas por doquier, como es de temer la ceguera de los partidos tradicionales para hacer una oposición inteligente.


Representantes de ARENA y del FMLN y de otros partidos de oposición, intelectuales, académicos y analistas -buenos, malos y mediocres-no dejan de criticar la gestión del Ejecutivo. Suelen centrarse en la figura presidencial -en su vanidad, en su carácter milenial...- y adjudican al actual Ejecutivo los mismos males de otros gobiernos: enriquecimiento a costa de las finanzas públicas, amiguismo político… Sobre todo denuncian su pretendido carácter autoritario. Y sin embargo, la encuesta que menos apoyo le da a la gestión del Ejecutivo ronda el 60% y la mayoría le da más del 90% por su respuesta a la pandemia.


Esto hace sospechosas las opiniones aparentemente serias por las que respetados personajes alinean a Bukele con Trump, con Ortega o con Bolsonaro por su “desastrosa” gestión de la pandemia o las que advierten que el país está a un paso de hundirse. Ciertamente, El Salvador podía tener menos contagios y menos muertos. Como cualquier otro país. Pero, ¿la gente es estúpida? ¿Los que respaldan la gestión del Ejecutivo están ciegos y no ven el quebranto de las libertades constitucionales?


¿Qué ve la gente en Bukele?


Aun contando con las limitaciones que tienen siempre encuestas y sondeos, no se puede negar el insólito apoyo, y hasta entusiasmo, que despierta Nayib Bukele. Cuando menos esto debería motivar un análisis profundo.


No se está haciendo. Y las críticas de los partidos políticos tradicionales parecen estar tirando al traste todo el capital político amasado, mientras que las críticas de los intelectuales, por pensar limitadamente con el hígado, parecen estar tirando por la borda su prestigio. Y cuando alguien ni partidario ni intelectual dice: “Estoy aquí encerrado por culpa de este loco aprendiz de dictador” yerra en el análisis porque “la culpa” no es del aprendiz, sino del coronavirus.


¿Qué ve la gente en Bukele? Donde algunos centran sus críticas en el lenguaje ofensivo que emplea el Presidente en las redes sociales, la gente sencilla aplaude ese lenguaje políticamente incorrecto, considerando que algunos lo tienen bien merecido. Donde unos ven que Bukele abre el portillo a la corrupción, otros escuchan un discurso -todo lo propagandístico que se quiera- dirigido a la gente común diciéndole que “este hospital es para la gente que nunca ha tenido acceso al sistema de salud”, a propósito de la inauguración de la primera etapa del nuevo hospital que, en medio de la pandemia y en apenas cuatro meses, lo dotó de 400 unidades de emergencia, esperando inaugurar 600 unidades más.


¿Por qué no aprovechar el sesgo revolucionario...?


Mientras los excesos y las críticas no se detienen, la polarización continúa. Y mientras el Ejecutivo continúa el combate contra la corrupción, la falta de transparencia y el amiguismo, vicios políticos que todo grupo en el poder desarrolla, ¿no sería lo más inteligente aprovechar las posibilidades del sesgo revolucionario del actual Ejecutivo para avanzar en proyectos de inclusión de las mayorías, enfocándose en una reforma tributaria que garantice que los más ricos paguen más impuestos?

Lea el artículo de la Revista Envío aquí.

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