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¿Cuál es la situación de las mujeres hondureñas en los medios de comunicación?

Estos son tres testimonios de mujeres que han sido víctimas de acoso en las salas de redacción de tres medios de comunicación en Honduras. Charlotte, Emma y Maya relatan el acoso psicológico y hasta sexual por parte de compañeros de trabajo, jefes de redacción y hasta magnates de medios.

 

Las agresiones ocurrieron en los últimos 20 años en distintos momentos y estas nunca habían salido a la luz en ningún otro medio de comunicación de Honduras. Dichos testimonios tienen un patrón que incluye incómodas conversaciones sobre sus cuerpos, agresiones y desprestigio de su trabajo por no ceder. Todos los nombres de las víctimas han sido cambiados para respetar su privacidad y evitar represalias.

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Un trabajo periodístico realizado por:

En Alta Voz

¿Qué es acoso sexual?

Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT) para que haya acoso sexual deben integrarse tres elementos: a) un comportamiento de carácter sexual, b) que no sea deseado y c) que la víctima lo perciba como un condicionante hostil para su trabajo, convirtiéndolo en algo humillante.

 

Acoso sexual: cuando esta violación a la integridad humana se da en el ámbito del trabajo, representa una violación del derecho de trabajar en un ambiente digno y humano, es decir, es también violencia laboral.

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Así fueron acosadas tres periodistas en Honduras:

Un compañero de trabajo me dijo en varias ocasiones que yo era la persona más fea que había visto trabajar en televisión. Yo lloraba y no paraba. Entonces le dije si ya no me quiere, hable con mi jefe que me dé las prestaciones y yo me voy. Siguió dos semanas con ese discurso estúpido, pero ni modo.

 

Él me repetía cuando le respondía: me quiere volver loco.

 

El dueño del medio me dijo que yo escribía tan bien que lo mejor era tenerme dentro del equipo. Lleva casi 20 años trabajando para la misma empresa.

 

Una vez hice un segmento de comida que habían asignado y el más alto jefe me dijo: Pareces un hipopótamo, parece que nunca te hubieras hartado. Abres la boca como un cocodrilo.

 

Entonces le respondí: Licenciado, si a usted le parece horrible y grotesco, usted tiene la última palabra. Dígame que esto no va para más y termine aquí.

 

Entonces la actividad de tortura psicológica siguió con mi jefe directo. Él es una persona inadecuada para solicitar información porque le falta el respeto a todos. Él me llegó a decir que mi trabajo no era importante.  “No necesito tus notas”, me dijo.

 

Estuve durante muy largo tiempo sometida a esa ley del hielo. A ser ignorada. No me asignaban nada. Después tuve un problema de salud y al volver lo único que asignaban era mirar titulares para mantenerme “activa”.

 

Todo esto afecta mi autoestima. Tener que soportar esto a estas alturas de mi vida es muy cabrón, frustrante. Dije yo: aquí vamos a morir en el camino, todos, pero no seré yo la que va a morir primero. Si no me quieren ver, que me paguen y me voy. Así cada quien recomienza su vida.

 

Con el tiempo he ido superando todos esos maltratos psicológicos. No estaré dispuesta a que me sigan maltratando, si no me quieren, que me paguen las prestaciones.

 

He llegado al punto de odiar a la gente que tiene el poder dentro del periodismo. De pensar que del 100 por ciento de periodistas que conozco el 45% son unas lacras porque muchas veces prevalece la chabacanada, la falta de respeto. Hay que adoptar mecanismos de autodefensa para no morir en un ecosistema podrido.

 

Todo el acoso me provocó andar con el cuello tieso, un ojo más pequeño que el otro, fue horrible. Yo creo que uno es su propio psicólogo, mi nivel de espiritualidad no es tan extremo, pero creo que una persona debe tener fe. Me di cuenta que nadie me tiene que ver caer. Si alguien me va criticar, que sea alguien que tiene el abdomen bien definido de Brad Pitt o si es mujer, que tenga el cuerpo de Angelina Jolie. Los demás tienen cara de %&*! y no sirven.

Las bromitas terminaron en acoso.

 

Al principio no supe cómo parar al compañero de trabajo y terminó poniéndose violento, apretándome los brazos y dejándome las marcas de sus manos.

 

Así es como empiezan muchos acosadores: bromeando. Trabajé siete años en la sala de redacción de un diario en Tegucigalpa y si en algo se parecen todas las salas es en que allí todo se maneja con bromitas. Pero entre chiste y chiste, cuando menos acordás, la situación se pone fea. Todo depende de vos, de si te dejás o no, de si ponés un alto o no. De ahí, los acosadores van calculando si siguen o se echan para atrás.

 

Es bien difícil la situación de las mujeres en las salas de redacción porque allí lo más importante es lo que dicen los hombres. Una como mujer queda en segundo plano. De nada sirve que trabajés el doble de lo que trabajan ellos. Y de paso tenés que aguantarles los chistes de doble sentido y hasta los manoseos. No hay día que algún hombre no le haga de acosador en una sala de redacción. Es con lo que tiene que vivir a diario una mujer en los medios.

 

Creo que mi caso se parece al de muchas.

 

Todo empezó con los chistes. El rollo es que yo no estaba dispuesta a aguantar las bromas del compañero. Cuando vio que yo no le hacía caso, cambió de sistema y empezó a meterse con mi trabajo.

 

Es un juego en que te dicen tengo más poder que vos, y en mi caso lo que hizo el compañero fue usar su poder criticando mi trabajo para humillarme, para hacerme sentir menos que él, para ver si así me doblaba.

 

Después fue el acercamiento físico, agarrarme de los brazos con fuerza y dejándomelos marcados. Una vez no aguanté más el maltrato y le tiré una taza de café encima. Vamos a Recursos Humanos, dijo. Y yo le dije vaya pues, vamos, a ver a quién de los dos le hacen caso. Pero no dijo nada.

 

Después deje ese trabajo para irme a trabajar a una reconocida organización de Tegucigalpa y fui acosada por mi jefe. Sí, lo denuncié, pero a veces no importa si denunciás porque lo toman como una exageración. Usted es que no aguanta bromas, te dicen. Y si tenés una jefa y te quejás con ella, a veces de nada te sirve. Más bien hay jefas a las que igual las acosan y maltratan hombres con mejor puesto que ellas.

 

Llegué con esperanzas a mi nuevo empleo, pero las cosas no mejoraron. ¿Será que a las mujeres les pasa lo mismo sin importar donde trabajen?  Yo digo que sí porque todos los ambientes son machistas, el hombre es el que tiene la razón. La mujer solo tiene que agachar la cabeza y rezar que los acosadores no pasen de las bromitas. Pero nadie te garantiza eso.

 

Que no entendiste bien. Eso te dicen cuando hablás de las bromas con segundo sentido, de cómo los hombres usan su poder para aprovecharse de una, de cómo de una cosa pasan a la otra y cuando acordás ya estás metida en tremendo problema y no sabés cómo salir de él.

 

Las cosas no cambiaron en mi siguiente trabajo. Y si te quejabas, igual te decían es que entendiste mal. Y los hombres se tapan las picardías unos a otros.

 

Eso es lo que nos falta a las mujeres para acabar con el acoso. Nos falta unirnos. Nos falta sororidad. Tenemos que hablar entre nosotras, que todas sepan que los hombres nos van acosando poco a poco, que no tienen que tirarse de un solo porque primero hacen las bromas y, si ven que la mujer se deja, le van tirando el lazo hasta taparle la salida.

 

Esta experiencia me ha hecho ser resiliente. He aprendido a valorar la salud, ya que la permanencia en medios es efímera. Hoy estamos, mañana no estamos. Por eso no entiendo tanta soberbia de parte de algunos periodistas que se creen divos.

 

Veo muchos periodistas jóvenes que se han preparado tanto y conservan todavía la humildad. Muchos directores de medios son tan soberbios que miran a sus equipos del hombro para arriba.

A los 12 años decidí que quería ser periodista, pensé que sería la forma de solucionar los problemas sociales de mi país, en ese momento no imaginé todo lo que iba a enfrentar.

 

Un emblemático periodista me preguntó si realmente tenía vocación, porque dinero no iba a tener como periodista, Nunca pensé en hacer dinero con el periodismo, nunca me movió el dinero, mis ambiciones nunca fueron económicas sino profesionales y principalmente ayudar a los demás.

 

Fue así que en 1985 ingresé a la Escuela de Periodismo en la UNAH en Tegucigalpa, “la escuelita” le decían despectivamente las demás facultades. Experimenté acoso sexual de muchos “laureados” maestros en las aulas universitarias, tanto de periodismo como de otras áreas de las ciencias sociales, reprobaciones injustas solo por no ceder a las pretensiones de los maestros.

 

Cuando me casé y salí embarazada tuve que escuchar los comentarios irrespetuosos y burlones de maestros en las clases, “no tiene televisión en su casa”, “¿esa es otra barriga o es la misma?, ¿ya van dos en el año?, “es que ustedes se bañan en agua tibia y se perfuman antes de que llegue el marido”, eran algunos de los comentarios irrespetuosos que escuchaba frente a toda la clase.

 

Clases reprobadas injustamente por no aceptar las invitaciones a beber o no permitir los abrazos y sobijos de los “connotados maestros”. En una ocasión interpuse una denuncia en la dirección, no sirvió de nada, ambos se burlaron en mi cara, según ellos yo era anormal por no ser más condescendiente con ellos, eso me hace recordar cuando alguien me dijo que “no supe utilizar a mi favor el acoso sexual” lo que jamás permitiría, que alguien me pusiera las manos encima.

 

En mi segundo año como universitaria, apliqué para un puesto de asistente de Relaciones Públicas en una institución magisterial. De las doce aspirantes, fui la más rápida usando las máquinas de escribir, gracias al taller de mecanografía obligatorio para estudiantes de periodismo. No había pasado ni un mes cuando comencé a recibir acoso de parte del director ejecutivo, durante varias semanas intentó de muchas formas que cediera a sus pretensiones, al no lograrlo, le pidió al abogado de Recursos Humanos que me despidiera, pasaron dos meses y medio y recibí el llamado del funcionario, quien apenado me aseguró que era un despido injusto, pero que, si no hacía lo que decía su jefe, el despedido sería él.  Salí indignada de la oficina y posteriormente redacté una denuncia que entregué a más de una docena de representantes de los gremios magisteriales y ministros de varias carteras del Estado, entre ellos la ministra de Educación, que coincidentemente estaban en ese momento en la institución. Fui convocada a ampliar la denuncia que después trascendió a los medios de comunicación.

 

La solidaridad que recibí en ese momento fue desde los medios de comunicación y de una dirigente magisterial. Un año después demandé por recomendación de un abogado que posteriormente se vendió, un abogado poco ético negoció mi reintegro al puesto de trabajo, pretendiendo que me retractara de mi denuncia porque afectaba políticamente al acosador, fui asesorada por otros colegas que me instruyeron sobre los riesgos legales que implicaba y que no debía aceptar ningún trato, cambié de abogado y con el Ministerio de Trabajo se levantó un acta que ratificó la sentencia de la Corte ordenando mi reintegro y pago de salarios caídos durante más de un año y demás beneficios. Eso me llevó a recibir amenazas del abogado anterior que además era mi vecino y había sido mi maestro de ética periodística, así como del asesor legal de la institución. El abogado que me representaba me recomendó no regresar a la institución y aceptar el retiro con todos los derechos que demandaba la Ley porque consideraba que no estaría segura, que podría ser agredida durante mi permanencia en la institución.

 

Ya entrada en la carrera tuve algunas oportunidades de trabajar en medios , fui seleccionada en un casting para ser presentadora de noticias en una de las cadenas más importantes de televisión, pero un día antes de comenzar, uno de sus productores me alertó sobre el trato que recibiría, estas fueron sus palabras; “conozco a tu familia, sé de donde vienes y no quiero que te ilusiones con éste trabajo, aquí si no te bajas los calzones te tratan como perro”, se refería al director del noticiero, entonces decidí no ingresar a trabajar a ese canal. Eso no quedó ahí, en todas partes tuve que enfrentar el acoso de fuentes de información, figuras políticas, empresariales y de otros sectores, de compañeros.

 

En otro medio, el director del noticiero mandó a comprar un escritorio cerrado de todos los ángulos para que usara, porque dijo que, “con la premura de la redacción noticiosa podría sentarme mal y no sabía cuánto tiempo tenían mis compañeros de no tener relaciones sexuales y sería mi culpa si ellos tenían una erección”. Éste ya fallecido seudo periodista, en una ocasión nos llamó uno a uno a su oficina, a tres colegas hombres y a mí a observar un anuncio en una revista, era una mujer desnuda con cuatro hombres tocando su cuerpo, anunciaban un perfume. Para éste director de noticias era una forma frecuente de introducir temas sexuales, intentando lograr sus objetivos.

 

La casa matriz del noticiero estaba en otra ciudad. En una ocasión se programó una reunión de trabajo con las propietarias del canal de televisión, querían informar a nuestro equipo las directrices de trabajo y coordinar proyectos entre las dos regionales, en que colaboraran periodistas de las principales ciudades. Era sábado, la salida sería a las nueve de la mañana para llegar a tiempo a la reunión que sería a las dos de la tarde. Me extrañó la llegada de uno de los conductores a mi casa a las siete de la mañana; “le vengo a advertir, me dijo, el director pretende que viaje con él en el vehículo pickup y el resto del equipo irá conmigo en el turismo”, “él no tiene buenas intenciones, quiere desviarse a la altura de Comayagua y llevarla a un motel, me dio instrucciones de irme adelante para no estar pendiente de ustedes, me preocupa su seguridad”, me dijo.

 

El conductor tenía razón, al llegar al sitio de reunión frente al canal para la salida, el director del noticiero me dijo con prepotencia, “usted se viene conmigo”, le dije; No, yo me voy con mis compañeros. “Si no obedece aténgase a las consecuencias”, pues me atengo a las consecuencias le dije. Obligó a uno de los colegas con quien mejor me relacionaba profesionalmente a irse con él. Al llegar a la reunión de trabajo me ignoró totalmente y no me dejó participar en ningún momento.

 

Posteriormente se presentó en el hotel donde estábamos hospedados, se quería asegurar de que no estaba compartiendo la habitación con ninguno de mis colegas. El domingo regresamos a la capital y de la misma forma compartí con mis compañeros el vehículo. El lunes tal como lo dijo tuve que enfrentar las consecuencias, me marginó totalmente, no me asignaba fuentes, ni estaba interesado en escuchar mis propuestas informativas para el día, ya no había disponibles ni cámaras, ni camarógrafos para que pudiera hacer mi trabajo. Me acerqué para hablar con él y pedirle mis asignaciones y me increpó por “desobedecer” y “no hacer nada para limar asperezas durante el viaje”, “lo mejor es que usted vuelva a cubrir sociales”, me dijo.

 

Interpuse una denuncia a la directora general del noticiero en la casa matriz (también periodista) y una carta a las propietarias, no sirvió de nada y terminé saliendo del noticiero. Posteriormente éste mismo director se propasó con otra colega y tampoco recibió ninguna sanción, hasta que se atrevió a acosar a la sobrina de las propietarias del canal fue expulsado de la televisora.

 

En años recientes, durante la cobertura noticiosa, fui testigo del acoso sexual que reciben las periodistas más jóvenes y en más de una ocasión fui agredida verbalmente por defender a algunas compañeras, que no me importaba y que no me metiera, que no era mi problema, que las dejara que se defendieran solas. Algunas de esas jóvenes periodistas habían sido mis alumnas, por tanto, además de solidaridad, sentía un compromiso de protegerlas. Ellas desesperadas solicitaban ayuda porque ya no soportaban el acoso.

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Si usted, o alguien a quien conoce, es víctima de acoso sexual, denuncie ante el Ministerio Público al agresor.

Coyuntura

"La sociedad tiene derecho a la memoria; el periodismo: el deber de recordar"

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