Cabezote SPA.jpg

 

Jessica Orellana y su hijo menor están en Piedras Negras, en la frontera mexicoestadounidense, esperando cruzar el río Bravo para entrar a Estados Unidos. Su hijo mayor se lanzó a nado para entregarse a Migración. Jessica y sus hijos llevan más de cuatro meses de andanzas tras huir en enero de Honduras en la primera caravana migrante. Su casa fue destruida por los huracanes Eta y Iota.

 

Les ha pasado de todo: han padecido hambre, los han gaseado y han sido acosados por traficantes de personas. La foto de Jessica desmayada por los gases de los militares le dio la vuelta al mundo y conmovió a la opinión pública.

Este es el primero de cuatro reportajes realizados gracias a la beca de producción periodística de la Fundación Gabo y ACNUR.
 

Piedras Negras, Coahuila, MÉXICO - Juan David se pone el chaleco salvavidas gris y negro y ve por última vez a su madre antes de cruzar a nado el río Bravo. Por suerte, las aguas que están crecidas en la noche bajan gradualmente durante el día. Son las once de la mañana del lunes 10 de mayo de 2021 y el sol hace brillar las apacibles olas del río.

 

Es la oportunidad de cruzar que el hijo de Jessica ha esperado durante más de tres semanas de estar refugiados en Piedras Negras, Coahuila, en la frontera entre México y Estados Unidos. El niño planea entregarse a las autoridades de Migración una vez que ponga los pies en la orilla estadounidense.

 

Juan David lleva en el bolsillo, protegido del agua, un papelito en el que apuntó el número de celular y la dirección de su tía en Estados Unidos para que ella vaya a recogerlo. “Mamá, me voy a ir. Usted no vaya a regresar a Honduras, ¿oye?”, dice Juan David. 

 

Jessica niega moviendo la cabeza. “Está bueno”, dice. Tiene los ojos mojados de lágrimas.

 

El Bravo es el tercer río que ha marcado el desplazamiento forzado de Jessica Orellana, de 30 años de edad. Ella y sus dos hijos llevan más de veinte días contemplando sus aguas turbulentas desde el sitio donde se han refugiado en Piedras Negras. Están a unos cuantos metros de la ribera del lado mexicano. Detrás del sitio donde han estado albergados pasa el tren de Ferromex.

 

El Chamelecón, en el norte de Honduras, y el Suchiate, en la frontera entre Guatemala y México, son los otros dos ríos que han sacudido la vida de Jessica y sus hijos Isaac Noé, de cuatro años, y Juan David, de 12, en su peregrinaje a Estados Unidos.

 

A Jessica no le interesan los 3,000 kilómetros que recorre el río Bravo desde su nacimiento hasta su desembocadura en el golfo de México. Solo le importan los pocos metros de agua gris y revuelta que separan a Juan David de Estados Unidos. En la orilla opuesta se halla la tierra que ella y sus hijos han venido buscando desde que salieron de Honduras el 15 de enero de 2021. No puede decirle que no a su hijo mayor.

 

“No se vaya a regresar a Honduras”, repite Juan David, “porque solo nosotros sabemos lo que hemos venido sufriendo en ese camino. Si estamos acá es porque Dios tiene algo bueno para nosotros. Si me entrego a Migración, va a ser para irme con mi tía y poder ayudarle a usted”.

 

Jessica ve irse a Juan David bajo el sol opaco del mediodía. Va caminando solo. Lo sigue viendo mientras se aleja y entra en las aguas del Bravo.

 

Junto a su hijo, la corriente mece una rama. Esa rama se parece a la vida de Jessica, sacudida por los vaivenes que la han ido llevando hasta esta ciudad mexicana a miles de kilómetros del sitio donde alguna vez tuvo una casa que fue destruida por la crecida de otro río en San Pedro Sula, Honduras.

My Post-5.png
_Z6A0536 copia.JPG

Imagen panorámica de la destrucción causada por Eta y Iota en Chamelecón, San Pedro Sula | Fotografía por Nicolò Filippo Rosso

 

Seis meses atrás, el 4 de noviembre de 2020, las aguas del río Chamelecón rompieron los bordos e inundaron hasta el techo las casas de la colonia Asentamientos Humanos, donde Jessica vivía con Isaac y Juan. Solo se ocuparon unas cuantas horas de lluvia para que el huracán Eta dejara a Jessica y su familia literalmente en la calle.

 

Dos semanas después, el mismo río volvió a sacarlos a la carrera de su colonia en los distritos que conforman Rivera Hernández, en San Pedro Sula, en el norte de Honduras. Los distritos completos quedaron otra vez tapados por el lodo y las aguas tras las lluvias catastróficas causadas por Iota, el segundo huracán que golpeó Honduras en 2020.

 

Mientras estuvo damnificada, Jessica recibió alguna ayuda, pero no del Gobierno, sino de personas particulares y de instituciones preocupadas por el bienestar del prójimo. Sin embargo, según la municipalidad de San Pedro Sula, el monto asignado para la atención de la emergencia por las tormentas Eta e Iota es de 200 millones de lempiras.

 

Jessica y su familia son solo algunas de las personas perjudicadas por la doble catástrofe natural de finales de 2020. Más del 50% de las colonias de los distritos Rivera Hernández fueron afectados directamente por las inundaciones. Entretanto, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) estima en casi dos mil millones de dólares los daños ocasionados por los desastres.

 

A nivel humanitario hay más de cuatro millones de personas afectadas y 2.5 millones padecen necesidad. Jessica se halla entre las 92,000 personas que se refugiaron en albergues y su casa es una de las 62,000 que quedaron gravemente dañadas o destruidas.

 

En cuanto a los dos distritos Rivera Hernández donde viven Jessica y sus hijos, están compuestos por 103 colonias sitiadas por maras y pandillas, donde las casas de cemento y láminas de cinc se apiñan bajo el sol ardiente. Allí llueve fuego todo el año. Los vecinos huyen de la violencia delictiva y sobreviven a punta de negocitos con los que hacen lo justo para ir pasándola: talleres, pulperías, ventas de comida.

 

La pandemia dejó a Jessica sin trabajo y dos huracanes en 15 días la dejaron sin casa. Antes de que el coronavirus y el río terminaran de joderle la vida, vendía mazorcas de maíz asado y atol de elote en recipientes que cargaba en un vehículo improvisado con una carretilla de supermercado.

 

Jessica aguantó lo que pudo. No podrían decir lo mismo los cientos de hondureños y hondureñas desplazados que huyen a diario del país. Los años de pobreza parecen concentrarse en el tiempo que ha pasado desde que el 15 de marzo del 2020 el Gobierno hondureño decretó el encierro total tras detectarse los primeros casos de coronavirus. 

 

“No se está migrando, se está huyendo”, dice César Ramos, de la Comisión de Acción Social Menonita, organización que ha brindado ayuda a las personas afectadas por las tormentas. “Esta gente lo ha perdido todo, hasta la esperanza”.

_Z6A0883 copia.JPG

Familias de Chamelecón afectadas por los huracanes Eta y Iota en San Pedro Sula, Honduras | Fotografía por Nicolò Filippo Rosso

 

Los dos huracanes que destruyeron el norte de Honduras y dejaron en la calle a Jessica, además de las dificultades económicas acrecentadas por las restricciones contra la COVID-19, están detrás la agravada escasez de alimentos que afecta a 2.9 millones de hondureños, según la FAO.