Crónica de coronavirus: abril en Nueva York

¿Cómo llegó la pandemia a Nueva York? ¿Cómo fue avanzando el virus en esta megápolis? ¿Cómo la ciudad epicentro del comercio en el siglo 20 se transformó en epicentro del coronavirus en el siglo 21? Ésta es una crónica del abril que cambió a Nueva York.


La ciudad de Nueva York agradece a las y los trabajadores de la salud por su trabajo - Fotografía de No Ficción por Sergio Palencia

La noche del domingo 5 de abril recibimos la noticia de un joven estudiante y su madre contagiados de Covid-19. A la media hora una chica escribió que su madre había muerto por la misma razón. Al día siguiente, 6 de abril, un estudiante neoyorquino me escribió que su padre había fallecido dos semanas atrás, luego otro me contó que estaba también enfermo. Así nos escribió un colega: “Prepárense porque es posible que pronto ustedes también tendrán estudiantes en esa circunstancia”. No exageraba. Desde hace una semana las ambulancias no han dejado de sonar, contrastando con el relativo vacío en las calles. La gente sale a trotar, las madres enseñan a sus hijas a usar patines, otros hacen compras con mascarillas, otros aplauden en la noche. ¿Cómo se fue experimentando el avance de esta pandemia? ¿Cómo se viven estos días desde la ciudad que pasó de ser el epicentro del comercio en el siglo 20 al epicentro del coronavirus en el 21? Esta es una crónica de lo que he visto durante el último mes.

Así fue llegando la pandemia


En esta ciudad de 8 millones 398 mil 748 habitantes, la pandemia fue expandiéndose como gotas de una lluvia que se anuncia en la distancia. Sólo en Nueva York se concentra el 40% del total de muertes de todo Estados Unidos, 11 mil 586 personas, con casi 214 mil casos reportados al 16 de abril de 2020. Como suele suceder, los grupos más afectados son los más pobres, los históricamente marginados, los inmigrantes sin papeles.


Hasta el 8 de abril los números de contagiados eran indiferenciados, abstractos. Ese día, en conferencia de prensa, el alcalde Bill di Blasio confirmó la adscripción por comunidad étnica: del total de infectados por el virus en la metrópoli, el 43% eran hispanos o afroamericanos, 22.8% hispanos y 19.8% afroamericanos. Los barrios más afectados eran Jackson Heights y Corona, en el condado de Queens, vecindarios residenciales, de pequeño comercio, junto a los barrios obreros del centro y norte del Bronx.


A finales de febrero se supo de un grupo de contagiados por coronavirus en una sinagoga de Westchester, condado contiguo al Bronx. Aún todo parecía lejano. Empero las prevenciones comenzaron. En Astoria, barrio de Queens, un sacerdote católico de ascendencia italiana pidió a los feligreses evitar tocarse durante la paz. No les fue difícil a los neoyorquinos, acostumbrados a darse la paz de manera distante, alzando la mano. Otro fue el caso para los poblanos, colombianos y centroamericanos, acostumbrados como estamos a estrecharnos.


Las primeras señales de la pandemia las había sentido ya el 6 de marzo. Ese día, como todos los viernes, tomé el tren línea 4 del metro para dar clases en el Bronx. Ya en ese momento las bocinas de la estación 59 calle, en Manhattan, recomendaban en español y en inglés medidas de higiene. Eran aproximadamente las 4 de la tarde. Al llegar el tren, repleto de trabajadores de la construcción africanos, dominicanos, mexicanos, apenas pude ingresar, dejar mi mochila en el piso y agarrarme del tubo vertical. Pensé las consecuencias de una sola persona contagiada tomando el metro en hora pico. Fue hasta el lunes 9 de marzo cuando supimos del primer caso de coronavirus: un estudiante de la Universidad de Columbia. Anunciaban el cierre de las instalaciones.


Se cierran las escuelas


Al día siguiente, martes 10 de marzo, se pinchó mi bicicleta y tuve que llevarla dentro del tren. Enseñaría dos clases, una de antropología y otra de sociología, a jóvenes neoyorquinos con ascendencia de diecinueve países del mundo. Al primer grupo lo noté tranquilo, diciéndome que otros profesores ya habían pasado sus clases a modo virtual. En la tarde, por el contrario, al nomás entrar vi a los 39 estudiantes hablando en grupos, sin parar, del coronavirus. Tratamos de ordenarnos para charlar sobre eso. Se sentían enojados con la Universidad, pues instancias como The New School, New York University y Fordham ya habían suspendido clases.


Todavía discutimos sobre el concepto de ethos en Max Weber. Sería nuestra última sesión presencial. En un momento un muchacho tosió y observé, como reacción en cadena, una ola de risitas nerviosas alrededor. Quedamos de estar en contacto. Por la mañana, al día siguiente, fui a una peluquería serbia en Queens. Noté con sorpresa cómo las escuelas públicas de párvulos tenían afuera, haciendo educación física, a niñas y niños menores de siete años. En la tarde llegó finalmente el anuncio: se suspenderían las clases de la Universidad pública, no solamente por una semana como habíamos pensado, sino por todo el semestre.


Empero, el cierre sólo sería para estudiantes y profesores, no para trabajadores administrativos y bibliotecas, menos para el personal de limpieza y seguridad. El alcalde Bill di Blasio brindó una conferencia asegurando que las escuelas públicas, las elementales y los highschools, el transporte y los hospitales seguirían funcionando. Ya circulaban las imágenes desconcertantes de Italia. El cierre, el “lockdown” de Nueva York, no terminaba de ser asumido, era paulatino y repleto de excepciones. Di Blasio sostenía la realización del desfile de San Patricio, evitando a toda costa que el ritmo de la ciudad mermara.


Nos fuimos enterando de estudiantes o profesores con COVID-19 de manera casual, sin ninguna centralización de las noticias: un estudiante cerca del campus en Columbus Circle, otros dos más al sur de Brooklyn y uno en la sede de Lexington. Cada quien contaba los famosos nueve días para la presencia de síntomas, sin saber a ciencia cierta si eso era verdad. Tampoco hubo claridad, hasta el 6 de abril, si sólo los contagiados, los sanos o todos tendrían que usar mascarilla. En esto, desde febrero, coreanos y chinos residentes en la ciudad habían aventajado al resto. Una amiga coreana, medio en broma, dice que es cultural usar la mascarilla en su país.


“Is about to get ugly” en Broadway, Manhattan - Fotografía de No Ficción por Sergio Palencia

Dos semanas antes, fuimos a la Universidad para completar unos trámites y prestar algunos libros. El ambiente usual de indiferencia y el de cada quien en su rumbo, propio de Nueva York, se había trastocado sorprendentemente. Era el momento de la sorpresa, entre la emoción por lo nuevo que viene a romper con lo cotidiano y la expectativa. Las secretarias y jefas de recursos humanos charlaban, fuera de sus lugares, con los estudiantes. La gente en la calle miraba a quienes pasaban enfrente. Los meseros normalmente serios ahora sonreían. Al menos mi impresión fue ésa. Algo en la manera de relacionarnos se había roto. Esto sucedía ya el viernes 13 de enero, ya con las noticias de que el trabajo administrativo pasaría también a ser virtual. Pero en medio de lo nuevo también había rasgos de gran temor.


Rótulos contra la xenofobia


Entre el 27 de marzo y el 3 de abril aumentaban a veces diariamente hasta 10 mil los nuevos casos, la mayoría en la ciudad. De acuerdo a un mapa de la evolución del Covid-19 en Estados Unidos, de 618 muertos reportados en el estado de Nueva York el 27 de marzo, se pasó a 4 mil 786 el 6 de abril, septuplicando las víctimas en apenas once días.


Como en varias partes del mundo, el acaparamiento masivo e intenso no se hizo esperar. El jueves 12 de marzo dos coreanas fueron golpeadas por mujeres acusándolas de traer el virus a la ciudad. En el pueblo de Hamptons los pobladores locales se encolerizaron cuando los neoyorquinos pudientes, huyendo de la ciudad rumbo a sus mansiones, habían desabastecido de verduras todos los mercados. El 19 de marzo “The New York Post” reportó que “el coronavirus promueve una guerra de clases en Hamptons”.


Los restaurantes de Koreatown quedaron desolados y en la estación Herald Square aparecieron rótulos contra la xenofobia. Algunas jóvenes asiáticas en Flushing temían salir solas y ser objeto de arrebatos racistas al ser responsabilizadas por la pandemia. Muchos jóvenes se cansaron de estar en casa sin hacer nada. Añoraban las sesiones presenciales y el avanzar en las tareas en los periodos entre clases. Algunos trabajaban medio tiempo, como meseros bilingües, pero les redujeron los turnos a solamente dos días a la semana. En Astoria, condado de Queens, se leían pegadas en las esquinas fotocopias ofreciendo ayuda para los ancianos o para quienes sintieran soledad. Se formaron redes de solidaridad entre vecinos y otros colgaron anuncios buscando ganar algo de dinero paseando perros.


Las grandes avenidas de Manhattan quedaron poco concurridas. En Central Park sólo algunos salieron a trotar o a hacer bicicleta. No había vehículos y uno que otro bicitaxi esperaba algún cliente. Dentro del parque la organización evangélica Samaritarian’s Purse construyó un hospital para los afectados de COVID-19. Previo al ingreso pedían a los enfermos firmar un documento, un “statement of faith” posicionándose contra el matrimonio gay y el aborto. Unas doce cuadras hacia el sur, Times Square lucía sin gente. Sólo vi dos parejas y una oficial de la policía. Las grandes pantallas electrónicas anunciaban una posible caída del mercado inmobiliario, la baja de la bolsa en Wall Street y el apoyo a las personas al frente de la emergencia. Como un oráculo mercantil, la fotografía desde Times Square presagiaba el fin de lo bello.


En Queens las estaciones de metro olían a detergente y estaban recién lavadas. Muy poca gente tomaba los trenes y los andenes otrora llenos de gente, que parece átomos chocarrones, ahora se encontraban vacíos.


La gran experiencia generacional que ha dejado esta pandemia es la imagen del vacío. Mi primo en Washington D.C. opinaba igual que muchos estudiantes: parece la película “The Walking Dead”. La gente alude a una similar experiencia a lo que fue la mañana de los ataques del 11 de septiembre de 2001. En su portada electrónica, “The New York Times” mostraba a Nueva York y a Washington como “es¬tados epicentro” de la pandemia, situación que cambió en las dos semanas siguientes, cuando despuntó el colindante estado de Nueva Jersey. A medida que las cifras aumentaron, Di Blasio pasó a ser duramente criticado en los diarios.


El nuevo héroe


Andrew Cuomo, gobernador de Nueva York, fue ocupando su lugar. Cuomo llamó al cierre de los negocios “no esenciales” y contradijo públicamente a Di Blasio y luego al presidente Trump. Como suele pasar en la política estadounidense, Cuomo pronto fue declarado en los medios como el próximo héroe nacional, despuntando en encuestas presidenciales sin siquiera ser candidato. Algunos lo comparaban con Rudy Giuliani, líder tras los ataques a las torres gemelas. Cuomo no es ningún extraño en la política neoyorquina. Su padre también fue gobernador demócrata en los 80, adversario del presidente Ronald Reagan, por un lado considerado salvador de la bancarrota del estado, por otro un fuerte promotor de la transformación de barrios negros y latinos.


El 28 de marzo Trump insinuó una cuarentena federal sobre Nueva York. Cuomo reaccionó furioso, acusándolo de lanzar una “declaración federal de guerra”. La riña entre los políticos llegó a su culmen cuando el alcalde Di Blasio dijo que las escuelas neoyorquinas estarían cerradas el resto del año 2020. Rápidamente, Cuomo lo rebatió afirmando que no sabían aún si las escuelas serían abiertas en junio o en otros meses. Se disputaban la autoridad sobre la ciudad. Los historiadores podrán concluir si esta pelea fue por sostener políticas estatales o sanitarias o para aprovecharse políticamente de la crisis.


En menos de quince días, Cuomo buscó posicionarse en el imaginario como protector de la ciudad. Cuando el estado de Rhode Island decidió usar la Guardia Nacional para buscar neoyorquinos en su territorio, casa por casa si hacía falta, Cuomo dijo que era una medida inconstitucional. Contrario a Di Blasio, quien da conferencias rodeado de su equipo, Cuomo suele darlas sentado y solo.

Trump empeora su imagen


Las mascarillas se agotaron pronto en las farmacias. Un par podía costar 7 dólares. Por internet algunos comerciantes compraron decenas de cajas para venderlas. Una venta anunciaba las mascarillas así: “For Excellent Breathability & Extra Comfort”. Tras la constante denuncia de enfermeras y doctores sobre la falta de respiradores, mascarillas y camas, Cuomo salía al día siguiente, en conferencia de prensa, rodeado de cientos de cajas de suministros.


La mala relación de Trump con su ciudad natal, Nueva York, no hizo más que empeorar. Fue fuertemente criticado por promocionar medicamentos no fiables contra el COVID-19, por buscar la patente de una posible vacuna alemana, incluso por mudarse a su residencia en Florida mientras la pandemia arrasaba Nueva York, especialmente el condado que lo vio nacer, Queens. Tras ser criticado en un video, Trump lanzó su contraofensiva. Acusó a la Organización Mundial de la Salud por no haber prevenido en Wuhan la expansión del coronavirus. Y como hacía en su programa televisivo, “The Apprentice”, decidió quitarles el financiamiento. “The Donald”, como lo suelen llamar los medios, envió a Manhattan un barco hospital llamado “Comfort”. A pesar del hacinamiento en los hospitales, el “Comfort” sólo admitió 20 enfermos en los días del crecimiento exponencial de la pandemia.


Junto a otros cinco estados del este estadounidense, Cuomo lidera la apertura de la economía en el país. Molesto ante esta iniciativa estatal, Trump dijo que sólo él tenía la autoridad para reabrir la economía nacional. “Sin duda, será la más grande decisión de mi vida”, dijo. Y como va siendo costumbre, Cuomo saltó acusando a Trump de proceder de manera dictatorial.


Los esenciales


Ante el desatino de sus colegas, Cuomo aprovechó el momento y despuntó como líder. Empero, un artículo en “The Nation” recuerda cómo durante su mandato el gobernador ha estado detrás del recorte en el presupuesto estatal de salud y en el cierre de varios hospitales. Tras la crisis humanitaria en Nueva York, hoy hay 40 años de creciente privatización de la salud pública, medidas tomadas supuestamente para superar la crisis fiscal de 1975. Como buenos Neptunos, los políticos del capital surfean sobre la misma ola que han provocado.


Cuomo suspendió las actividades económicas de negocios “no esenciales”, como bares, peluquerías, venta de artículos electrónicos. Entre los esenciales estaban las farmacias, los supermercados y los restaurantes con opción para llevar.


Pronto los medios realzaron la importancia durante la crisis de las cajeras -en su mayoría mujeres- y los repartidores de comida -en su mayoría hombres-. Por lo general, las cajeras son hijas de inmigrantes latinos, hábiles en pasar del inglés al castellano. Los repartidores en el barrio de Queens, donde vivo, son jóvenes entre veinte y treinta años, de los estados mexicanos de Puebla, Oaxaca e Hidalgo. Se les ve circulando rápidos en bicicletas motorizadas, con temperaturas bajo cero, cubiertos con guantes que se incrustan al timón.


La ayuda entre vecinos en Astoria, Queens, Nueva York - Fotografía de No Ficción por Sergio Palencia

También hay estadounidenses que son repartidores, pero a diferencia de los latinos lo hacen en carro, posiblemente como un medio para agenciarse de fondos ante la poca afluencia de clientes en Uber. Pero mientras los trabajos esenciales son ocasión de una propina extra, miles de albañiles, meseras, lavaplatos, de origen centroamericano y mexicano, han perdido sus empleos.


Felipe y Julio, dos esenciales


En un restaurante coreano de Midtown laboran jóvenes indígenas guatemaltecos, mames, kaqchikeles, provenientes de Huehuetenango y Chimaltenango. Uno de ellos, Felipe, trabaja sirviendo agua, repartiendo ensaladas coreanas y llevando los platos a la cocina. Procedente de la aldea Agua Escondida, en el municipio quiché de Chichicastenango, Felipe nos contaba que el restaurante estaba vacío desde el 6 de marzo. Se mostraba preocupado pues al día siguiente posiblemente iban a cerrarlo y, con eso, su fuente de ingresos.


El 13 de marzo, Trump confirmó la aprobación de 50 mil millones de dólares en fondos federales para combatir al coronavirus. Supuestamente, una parte estará destinada a apoyar pequeños negocios durante la baja en el consumo debido a la emergencia. Es muy poco probable que estas ayudas -pensadas para propietarios- vayan a alcanzar a meseros, cocineros, empleadas, repartidores de comida en pizzerías o en otros restaurantes. Tanto Felipe como su compañero de trabajo, de Aguacatán, dejaron de trabajar desde mediados de marzo.


Julio, un amigo kaqchikel de Poaquil, es albañil en un edificio de Harlem y su situación es semejante: sin trabajo. Desde que la compañía de construcción cerró, Julio se mantiene en el apartamento que alquila en West New York, Nueva Jersey, junto a su hermano. Por el momento viven de sus ahorros. Me dice: “Si esto llega a mayo se pondrá fea la cosa”. Normalmente le gusta salir a tomar fotos pero lo ha dejado por ahora. El fin de semana pasado se juntó con dos amigos de San Martín Jilotepeque. Tomaron caldo de gallina. De los tres sólo uno aún tiene trabajo en instalación de pisos y cerámica.


El 2 de abril el gobierno federal reportaba 9 millones 950 mil solicitantes de ayuda federal, reportándose como desempleados. Dos semanas después, el número incrementó a los 22 millones de aplicantes desempleados. Son datos que no toman en cuenta los millones de trabajadores sin ciudadanía.


Desde el 12 de marzo las bolsas neoyorquina y londinense han caído a niveles históricos desde 1987, superando en intensidad la crisis de 2008. Después del anuncio de Trump, “The New York Times” informó de un mejoramiento de los mercados en Wall Street, pero después volvió a caer.


El punto en común


La cadena de comercio comenzó a interrumpirse en supermercados de Washington Heights, al norte de Manhattan. La harina escaseaba. Pizzerías, operadas por mexicanos, cerraron ante la falta de distribución de quesos y otros productos. Uno puede pensar lo que significa que en Nueva York se deje de hacer pizza, punta del iceberg de productos aún más elementales de la canasta básica.


El punto en común entre mercados y desempleados, estudiantes y repartidores, es la incertidumbre. Pero, como nos lo recuerda la situación de los millonarios en Hamptons, la carestía y el acaparamiento no sólo se contraponen, evidencian la ruptura de un proceso.

Por: Sergio Palencia - Sociólogo guatemalteco.


Lea el artículo de la Revista Envío aquí.

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