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Con temple, pero serena. Así es la voz que nos cuenta en primera persona su propia vida: Tania Irías. Una mujer de 37 años, con luchas personales y colectivas. Vive en España. Junto a su pareja ha construido una familia con dos hijos.

Soy ingeniera en computación. Nací en Pueblo Nuevo, Estelí, pero he vivido la mayor parte de mi vida en Managua. Cuando yo me encontré con mi lesbianismo la primera vez, tenia 12 años, pero sentía tanto miedo. Aunque en realidad lo que sentía era vergüenza... La posibilidad de que se enterasen, que tuve que fingir que era un juego entre una amiga y yo, y luego intentar enterrar eso, cómo el secreto más oscuro de toda mi vida.

Cuando fui una chica adolescente me costó mucho establecer relaciones amorosas con los hombres, porque no me sentía cómoda, pero lo intenté. Y cuando tenía 23 años fue que conocí a una chica con la cual tuve mi primer relación lésbica, y fue porque realmente ella tomó la iniciativa en casi todo el proceso, y yo me dejé llevar, porque, bueno, también era lo que por algún tiempo yo había intentado buscar, pero tenía muchísimo miedo. Cuando inicié esta relación, fue una relación de closet. Cuando ella y yo nos fuimos a vivir juntas durante un tiempo fingimos ser hermanas, incluso al juego se prestaba el hecho de que sus hijos me llamaran tía; pero todo el tiempo fue con el miedo y la incertidumbre de "que pasaría si la gente se entera".

Mi entorno familiar, casi al poco tiempo, empezó a sospechar que de hecho mi relación con esta chica no era una relación de amistad, porque estábamos muy involucradas y yo participaba todo el tiempo con sus hijos en los vínculos familiares. Vengo de una familia muy grande, sin embargo, mi madre, quien ahora tiene 82 años, todo el tiempo ha procurado que cada quien respete los espacios de los demás. A ella le dio muy fuerte la noticia que de hecho lo que tenia con esta chica era una relación. Y se enfermó. Y luego también, mi familia me echó la culpa de que mi madre hubiera tenido un repunte en su crisis de diabetes. Incluso, el mismo hecho de que tuviera diabetes parecía ser mi responsabilidad.

Entre los espacios familiares y de amigos (entorno inmediato) les fui contando cual era mi realidad y qué era lo que tenía con esta chica, sin embargo, hacia afuera, todo el tiempo lo que hice fue intentar disimular y ajustarnos para que la gente no sospechara. Así viví con ella cerca de 3 años.

Desde que me empecé a sentir identificada con el lesbianismo y comencé a tener una relación con esta chica, empecé a buscar espacios políticos en donde articular, espacios de mujeres lesbianas que existieran, y así conocí a través de internet al grupo ARTEMISA (Grupo Lésbico ARTEMISA), y comenzó la interacción, a través de redes sociales, para pedir información, solicitar apoyo psicológico, apoyo para mi compañera, y para entender que pasaba e intentar encontrarme con otras. Sin embargo, como yo tenía una jornada laboral de ocho de la mañana a casi las nueve de la noche, no tenía oportunidad de articularme en un espacio político como éste, así que fuimos posponiéndolo, sin dejar de estar en contacto a través de redes sociales.

Fue en el año 2010, cuando cambié mi trabajo, que decidí empezar presencialmente a participar del grupo lésbico ARTEMISA. Porque tuve tiempo y la necesidad; me urgía; tenía muchísima necesidad de encontrar con otras y entender qué me pasaba. Empecé a participar de las actividades.

Recuerdo la primera vez que hicimos un plantón, en el semáforo de la UCA (Universidad Centroamericana), en el que a mi me regalaron una camiseta que decía "lesbian inside"; pero yo tenía pánico de que mi familia pudiera entender lo que ahí decía. Recuerdo que me puse la camisa un momento; cuando pasaban las rutas me tapaba el rostro, intentaba ocultarme. Todo el tiempo estaba con el miedo de que alguien podría identificarme.

Haberme juntado en este espacio político, que promueve y defiende, y lucha por visibilizar la realidad de los derechos de las mujeres lesbianas, ha sido para mí el empuje, la oportunidad, el acuerpamiento, para sentirme orgullosa, y recobrar el sentido y la razón política a reivindicar mi derecho a sentirme libre, y denunciar ante esta sociedad todo el miedo y la vergüenza que como mujeres lesbianas nos han hecho sentir. Y no solamente a nosotras, sino también a nuestros hijos y a nuestras familias, porque nuestras madres, cuando nosotras nos identificamos como mujeres lesbianas, viven el estigma, y pasan de ser Doña María a ser la mamá de la cochona; y nuestros hijos se convierten en los hijos de la cochona. Dejan de tener un nombre para ser estigmatizados, y muy poco se habla sobre eso en Nicaragua.

ARTEMISA ha sido ese espacio político que me ha permitido reivindicar y tomar fuerza. Pero también, gracias al grupo, hemos podido encontrarnos con el feminismo y entender lo que significa este cómo una puesta política, cuál es su apuesta reivindicativa y articuladora para todas las mujeres en el mundo, pero que también es una propuesta articuladora para hombres que entienden la libertad en un sentido integral. Salí de la relación anterior y me involucre con una nueva persona, y esta era más pública y luchaba abiertamente por sus derechos; evidentemente eso me ubicó en otro plano, uno mucho más placentero por que estaba con alguien que no tenía la preocupación de ser reconocida como una mujer lesbiana, y evidentemente eso fue lo que a mi me ayudó a poder nombrarme públicamente, y hacerme manifiesto.

Nicaragua es un país y una sociedad hostil para las personas LGBT. Aunque no existe una criminalización legal, el hecho de que en las leyes hayan muchísimos vacíos, y que no haya ningún amparo jurídico que sustente en realidad nuestra existencia, nos deja en una deriva social, dentro de una sociedad fundamentalista. Gracias al apoyo, principalmente, de las grandes instituciones religiosas, quiénes ostentan este discurso de odio contra nosotras y nuestras propias familias hayan argumentos para hacer creíble y justificable todo su odio. No es fácil, pero precisamente ese es el trabajo que hacemos desde ARTEMISA, para reivindicar quiénes somos y la obligación de los Estados de respetarnos y resguardar nuestra integridad física, psicológica y emocional, como ciudadanas de un país que se dice democrático y que además se suscribe a muchísimos tratados de derechos humanos.

Mi aporte a la sociedad, en la construcción de un país más diverso, es precisamente el tener el coraje y el asumir como postura política el defender reivindicativamente mi derecho a ejercer mi sexualidad de forma plena, y además el derecho a tener una familia que sea reconocida socialmente, y que no intente, ni la sociedad ni el Estado, hacer sentir vergüenza a mis hijos. Pero siento, sobre todo, que mi mayor aporte es que haya otras mujeres que vean en mi la posibilidad de que se puede vivir siendo lesbiana, y nombrarte, intentar vivirte, reivindicarte, y luchar con mucho orgullo, a pesar de que haya un contexto sociopolítico como el que tenemos en Nicaragua.

En 2018 estaba segura que íbamos a construir juntos y juntas, sin bandera de partido político, una Nicaragua para todas y para todos. En esas marchas yo me sentía rodeada de gente que en mi vida había visto en otro espacio, y me sentía tan segura y tan identificada en la puesta de cambio para la qué coincidíamos. Yo estaba segura que construir una nueva Nicaragua, en la que alcanzáramos, era posible. Pero ahora se empiezan a definir las posturas político-partidarias, las propuestas, las alianzas, y empezamos a ver en las redes sociales disque aliados azul y blanco con su discurso homofóbico, nada diferente al que tienen los fundamentalistas. Realmente mi aspiración y mi sueño utópico de construir una Nicaragua inclusiva se ve reducido cada vez a mínimas aspiraciones.

La verdad es que los momentos son siempre. No existe razón jurídica en el mundo que sea válida para intentar hacer que las personas permanezcan escondidas e invisibilizadas de ser quienes son. No creo que exista un momento para no ser quién sos. Lo correcto es que exista un contexto social y jurídico que permita que las personas puedan expresarse con libertad en todos los sentidos. ¿De qué democracia estamos hablando si lo primero que poseo es mi cuerpo y sobre eso no se me permite decidir ni acceder con libertad a él?

En este contexto socio-político, y sobre todo en el proceso de restauración de la democracia en Nicaragua, los aspirantes al poder deben tener claro que las lesbianas, homosexuales, trans, estuvimos en la lucha por la construcción de una nueva Nicaragua desde antes que muchos de ellos. A pesar de todo el odio y la criminalización que hay en contra de nuestra identidad, vamos a seguir en la lucha, y vamos a seguir reclamando a ellos, como hemos reclamado a otros, nuestro derecho a ser quienes somos. Por una Nicaragua libre e inclusiva.

CRÉDITOS

Coordinación general: Juan Daniel Treminio

Autores: Juan Daniel Treminio y Jairo Antonio Videa

Edición: Marcia Perdomo

Producción: Jairo Antonio Videa

• NOTA DE LA EDITORA •

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