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Las dictaduras no caen, se pudren

  • hace 13 horas
  • 4 Min. de lectura

Desde Washington se habla de "concesiones" o de cierta disposición de la pseudo-monarquía sandinista en un contexto regional convulso —marcado por la intervención en Venezuela, los bombardeos a Irán y las advertencias a Cuba—. Pero la experiencia reciente obliga a desconfiar de los gestos superficiales. Nicaragua ha perfeccionado una estrategia de simulación: aparentar flexibilidad sin ceder control, negociar sin transformar, dialogar sin democratizar.


Por Redacción Central | @CoyunturaNic

Managua, Nicaragua
Daniel Ortega con miembros de la Juventud Sandinista | Fotografía cortesía
Daniel Ortega con miembros de la Juventud Sandinista | Fotografía cortesía

Hay una tentación recurrente —casi infantil— de imaginar que las dictaduras terminan en un instante: una plaza llena, un avión que despega, un discurso final, un asesinato o captura. Pero la historia latinoamericana, y particularmente la nicaragüense, enseña otra cosa. Los regímenes autoritarios no colapsan de golpe: se descomponen lentamente desde dentro, mientras extienden hacia afuera su violencia, su miedo y su ficción de control.


Nicaragua es hoy la evidencia más cruda de ese proceso.


Desde 2018, cuando la represión estatal dejó más de 350 muertos y abrió una herida que sigue sin cerrar, el régimen de Daniel Ortega y su esposa y comandataria Rosario Murillo no ha hecho más que profundizar su lógica: control absoluto, eliminación del disenso y rediseño del Estado como instrumento de supervivencia. Informes internacionales coinciden en que la represión no solo persiste, sino que se ha sofisticado: detenciones arbitrarias, vigilancia dentro y fuera del país centroamericano, persecución a exiliados y financiamiento estatal de esas prácticas.



Pero hay algo más revelador —y más peligroso—: la purga interna.

No se trata únicamente de opositores. La descarada dictadura del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) ha extendido su maquinaria hacia sus propias filas desde 2023. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y la Organización de las Naciones Unidas (ONU) han documentado que la represión alcanza incluso a simpatizantes y funcionarios del propio Estado, en un intento por eliminar cualquier resquicio de autonomía. Y reportes periodísticos recientes evidencian cómo figuras históricas del sandinismo han sido encarceladas, desaparecidas o apartadas tras "caer en desgracia" dentro del círculo del Órgano Ejecutivo.


Esto no es fortaleza. Es putrefacción. Pura y dura.


Los sistemas autoritarios que se sienten seguros no necesitan devorarse a sí mismos. Los que lo hacen, en cambio, revelan su fragilidad estructural: desconfían de todos, incluso de quienes les sostuvieron. En Nicaragua, esa lógica ha derivado en lo que algunos analistas, periodistas y activistas en el exilio definen como un régimen "dinástico" o "sultanista", donde el poder se concentra en una familia que reorganiza el Estado a su imagen y necesidad. La reforma constitucional de 2024, que formalizó la Copresidencia en manos de Ortega y Murillo, terminó de borrar cualquier ilusión de separación de poderes.


Y, sin embargo, el régimen resiste.


Resiste porque controla. Porque vigila. Porque castiga. Porque ha cerrado al menos seis mil organizaciones civiles y más de 50 medios, expulsado religiosos, despojado de nacionalidad a opositores y convertido el exilio en política de Estado. Resiste porque ha aprendido a simular aperturas, negociar bajo presión internacional y administrar concesiones que no transforman el fondo del problema.


Por eso, pensar que Nicaragua cambiará por voluntad del poder pseudo-monárquico es una ilusión.


El deterioro está ahí, pero no garantiza el desenlace. Las señales de desgaste —purgas internas, aislamiento internacional, denuncias por crímenes de lesa humanidad— son reales.


Pero la historia también advierte: hay dictaduras que sobreviven décadas en ese estado de descomposición controlada, prolongando el sufrimiento de sus sociedades mientras el mundo mira, presiona a medias o se distrae.


De ahí que la clave no esté solo en esperar.


Decir que "se pudren" no puede convertirse en una excusa para la pasividad. La putrefacción del poder no sustituye la organización ciudadana, ni la construcción de alternativas, ni la preparación para escenarios de cambio que pueden ser abruptos, caóticos o incluso cooptados por las mismas estructuras que hoy oprimen.


Porque ese es el otro riesgo: que la caída —cuando llegue— no sea una ruptura, sino una continuidad con otro rostro.


Nicaragua no solo enfrenta una dictadura. Enfrenta la posibilidad de que el mismo sistema se recicle, que el relevo sea interno, que la lógica autoritaria sobreviva bajo nuevos nombres. La historia regional ya ha visto ese guion demasiadas veces.


Por eso, el desafío es doble: resistir el presente y disputar el futuro.


Las dictaduras no caen de un día para otro. Se desgastan, se corroen, se aíslan. Pero también se adaptan. Y en ese equilibrio inestable, lo único verdaderamente decisivo no es el momento en que el poder se quiebra, sino la capacidad de la sociedad para estar lista cuando eso ocurra.


Porque cuando finalmente ceden, no dejan un vacío limpio.


Dejan ruinas. Y sobre esas ruinas, alguien tendrá que reconstruir.



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