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Los peligros políticos y humanitarios del discurso de Luis Fley para Nicaragua, y el desacertado encuadre de La Prensa

  • 2 hours ago
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La frase del exiliado —que quien no esté dispuesto a morir por Nicaragua es un "vividor de la política"— plantea un problema ético profundo. Si la política democrática exige morir, entonces deja de ser política y se convierte en guerra. Las democracias modernas no se sostienen sobre mártires, sino sobre ciudadanos vivos: periodistas que investigan, jóvenes que votan, organizaciones que documentan abusos, exiliados que denuncian, comunidades que resisten desde la vida cotidiana. Mujeres que señalan violencias; campesinos e indígenas que cosechan; maestros que enseñan; gente que busca vivir y construir. Y ni hablar del error democrático de glorificar la muerte.


Por Redacción Central | @CoyunturaNic

Managua, Nicaragua
Manifestantes en Managua, en marzo de 2018, sostienen una pancarta que dice "no matarás" | Fotografía de COYUNTURA
Manifestantes en Managua, en marzo de 2018, sostienen una pancarta que dice "no matarás" | Fotografía de COYUNTURA

El titular no es menor. Cuando un medio decide destacar la frase "hay que estar dispuesto a morir por Nicaragua", no solo recoge una declaración: la eleva, la amplifica y la coloca en el centro del debate público. En un país atravesado por guerras civiles, dictaduras familiares y ciclos de violencia política y social, esa elección editorial no es inocua. Es profundamente problemática.


La reciente entrevista publicada por La Prensa al excomandante de la Fuerza Democrática Nicaragüense (FDN), Luis Fley, reactiva una narrativa que Nicaragua no necesita: la épica del sacrificio mortal como requisito de legitimidad política y ciudadana. Desde el exilio en Miami, Fley sostiene que quien no esté dispuesto a morir por el país centroamericano "es un vividor de la política". No es una frase improvisada. Es una tesis. Y como tesis merece ser examinada con rigor democrático, memoria histórica y responsabilidad ética.


La peligrosa romantización de la muerte


Nicaragua conoce demasiado bien el costo humano de la retórica bélica. La insurrección contra la dictadura somocista, la guerra civil de los años ochenta, el conflicto entre el sandinismo y la Contra, los miles de muertos, desaparecidos y desplazados no son metáforas: son tumbas, familias rotas, generaciones traumatizadas.


La guerra que enfrentó al primer régimen de Daniel Ortega y el Frente Sandinista con la Contra (entre 1979 y 1990) dejó heridas que aún no han cicatrizado. La amnistía de los noventa cerró expedientes judiciales, pero no resolvió las fracturas morales e institucionales. Las responsabilidades de ambos bandos siguen siendo una deuda pendiente con la verdad.


En 2018, cuando las protestas cívicas estallaron contra la ahora pseudo-monarquía de Rosario Murillo y Ortega, el país volvió a presenciar la violencia estatal: ejecuciones extrajudiciales, encarcelamientos masivos, exilio forzado, cancelación de organizaciones civiles y persecución sistemática de la disidencia. Según organismos internacionales de derechos humanos, la represión dejó centenares de muertos y miles de heridos y desplazados.


Ante ese contexto, sostener que la "legitimidad política" depende de la disposición a morir no es solo imprudente: es irresponsable. Torpe. ABSURDO. ¡Irreal! Porque las democracias no se edifican sobre cadáveres. Se construyen sobre instituciones, acuerdos, reglas, garantías, contrapesos y ciudadanía activa, promoviendo justicia, memoria y conciencia.


Liderazgo no es martirio, señor Fley


Fley plantea que un líder que no se expone físicamente pierde una especie de "autoridad moral". Que la distancia del exilio debilita el liderazgo. Que el riesgo extremo es condición de autenticidad. Sin embargo, la experiencia comparada demuestra lo contrario. Muchos procesos de transición democrática en el mundo han sido impulsados desde el exilio, desde la articulación internacional, desde la presión diplomática, desde la denuncia sostenida y estratégica, global, diversa y progresista. El liderazgo no se mide por la disposición a inmolarse, sino por la capacidad de construir alternativas viables, inclusivas y sostenibles. Guiar, aglutinar.


Reducir la política al sacrificio físico equivale a negar la inteligencia estratégica, la organización social, la movilización cívica no violenta y la incidencia internacional como herramientas legítimas de cambio.

La lucha contra una dictadura no se resume en una épica de muerte; se sostiene en redes, alianzas, paciencia histórica y coherencia ética.


El error de excluir para vencer


Otro punto medular de la entrevista es el rechazo tajante de Fley a cualquier alianza con sectores provenientes del "sandinismo disidente", como UNAMOS (antes MRS), con quienes paradójicamente comparte la "idea" de esa "necesidad de víctimas". Su argumento es que no son necesarios electoralmente y que la ciudadanía "no los perdona".


Más allá del debate político, esa postura reproduce la lógica binaria que ha fracturado al país durante décadas: "nosotros" contra "ellos", pureza contra traición, agua contra aceite.


¿Daría usted su vida por un promotor de la muerte?


Las transiciones democráticas requieren pactos amplios. No se trata de borrar responsabilidades ni de negar la justicia —que sigue siendo imprescindible— sino de comprender que los sistemas autoritarios se sostienen precisamente en la fragmentación de sus opositores.


Excluir por origen político, o por cualquier distinción, sin distinguir trayectorias individuales ni compromisos actuales con la democracia, debilita cualquier intento de reconstrucción nacional.


La narrativa que alimenta al autoritarismo


El discurso del sacrificio y la confrontación absoluta es funcional a la retórica oficial de la dictadura nicaragüense. El poder autoritario en El Carmen ha sostenido durante años una narrativa de "defensa heroica", "enemigos internos", "amenaza permanente" y "batalla histórica". Cuando desde la oposición se replica un lenguaje de guerra, aunque con signo contrario, se valida sin duda el marco simbólico del conflicto permanente.


Las dictaduras prosperan en escenarios polarizados. La democracia, en cambio, necesita desactivar la lógica bélica.


Jóvenes, memoria y responsabilidad


Como si fuera poco, Fley sostiene que las nuevas generaciones son menos idealistas y menos dispuestas al sacrificio. Pero fueron jóvenes quienes protagonizaron las protestas de abril de 2018. Fueron estudiantes quienes levantaron barricadas, quienes transmitieron en redes sociales, quienes enfrentaron la represión armada.


Muchos murieron. Otros fueron encarcelados, expulsados de universidades o forzados al exilio. Varios trabajamos desde los medios, estudiamos o tenemos un empleo distinto a nuestra profesión.

Pedir ahora que la juventud esté "dispuesta a morir" es desconocer que ya pagaron un precio altísimo. La pregunta no es si deben estar dispuestos a morir. La pregunta es por qué un país sigue exigiendo muerte como moneda de cambio político.


Las nuevas generaciones tienen derecho a aspirar a una transformación que no implique convertirse en mártires. Entonces, desde esta Redacción lo decimos con claridad: hay que estar dispuestos a vivir por Nicaragua.


Vivir implica resistir sin reproducir la violencia. Vivir implica organizarse sin glorificar la muerte. Vivir implica exigir justicia sin promover revancha. Vivir implica pensar tácticamente, actuar con inteligencia y sostener la presión de manera estratégica y pacífica.


La presión internacional, las sanciones selectivas, la documentación de crímenes, la articulación de la diáspora, el acompañamiento de organismos multilaterales, la defensa del periodismo independiente y la construcción de consensos amplios son herramientas más eficaces y menos destructivas que cualquier retórica de inmolación. Y no hemos ni comenzado a impulsar nada de eso. Pero Fley viene ahora a hablar de guerra y muerte.


Finalmente, también corresponde una reflexión sobre el papel de los medios. Titular con una frase que romantiza la muerte como deber patriótico no es neutro. En un país donde la violencia política ha sido estructural, el periodismo tiene la responsabilidad de contextualizar, problematizar y evitar amplificar discursos que puedan alimentar nuevas fracturas.


El debate democrático necesita profundidad, no consignas incendiarias. Nicaragua no necesita más tumbas. No necesita más madres llorando. No necesita más generaciones marcadas por la guerra. Necesita justicia. Necesita instituciones. Necesita verdad. Necesita reconciliación con memoria. Necesita ciudadanía activa. Necesita liderazgo con humanismo.


La oposición —en el exilio y dentro del país— tiene el desafío de diferenciarse éticamente del régimen que combate. Si el autoritarismo ha hecho de la muerte un instrumento de poder, la alternativa democrática debe hacer de la vida su principio rector.


No es cobardía elegir vivir. No es tibieza apostar por la estrategia. No es traición rechazar la violencia. Es madurez democrática. Y hoy, más que nunca, Nicaragua necesita eso: madurez, inteligencia y humanidad.


Hay que estar dispuestos a vivir por Nicaragua y por nosotros mismos.



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