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Crónica de un acto sin multitud: la "reconciliación" sandinista en una Nicaragua silenciada, desterrada y quebrantada

La fecha no es menor para el país centroamericano y el sistema democrático continental. Se cumplen tres años de la excarcelación, expulsión y desnacionalización de buena parte de la disidencia nicaragüense, un hito que marcó el punto de no retorno del régimen matrimonial con la ciudadanía. En ese contexto, el Órgano Ejecutivo organizó una ceremonia para entregar por primera vez la "Medalla de Reconciliación y Paz Cardenal Miguel Obando" y, de forma simultánea, la Orden de la Independencia Cultural Rubén Darío. El destinatario principal es el exvicepresidente de la República, Jaime Morales Carazo, acompañado de su esposa, Amparo Vásquez de Morales. Un paso de reconciliación entre ambas familias, luego de que los Ortega Murillo robaran la vivienda de Carazo. Sin él no existiría El Carmen.


Por Jairo Videa | @JairoVidea

Managua, Nicaragua
De izquierda a derecha, en Managua, el lunes 10 de febrero de 2026: Gustavo Porras, presidente del Legislativo de Nicaragua; Rosario Murillo y Daniel Ortega, comandatarios sandinistas; Jaime Morales Carazo y su esposa, Amparo Vásquez | Fotografía de El 19 Digital
De izquierda a derecha, en Managua, el lunes 10 de febrero de 2026: Gustavo Porras, presidente del Legislativo de Nicaragua; Rosario Murillo y Daniel Ortega, comandatarios sandinistas; Jaime Morales Carazo y su esposa, Amparo Vásquez | Fotografía de El 19 Digital

La escena de arriba ocurrió entre la tarde y noche de ayer, lunes 09 de febrero de 2026, en una Managua de calor persistente y atmósfera densa. Fue la segunda aparición pública del año de los copresidentes Daniel Ortega y Rosario Murillo, y no pasó desapercibida por lo que se dijo, pero también —y sobre todo— por lo que se evitó decir.


El acto oficial estuvo dedicado a la entrega de la primera "Medalla de la Reconciliación y la Paz Cardenal Miguel Obando", otorgada al exvicepresidente Jaime Morales Carazo y a su esposa, Amparo Vásquez de Morales. En la misma ceremonia, Morales Carazo recibió además la Orden de la Independencia Cultural Rubén Darío, en un doble reconocimiento que el oficialismo presentó como homenaje a una "vida dedicada" a la cultura, la economía, la educación y, especialmente, a la "promoción de la paz".


Un acto solemne, un ambiente adverso


Aunque el evento fue concebido como un homenaje histórico, el ambiente fue frío, pese al clima cálido. En la parte delantera de la tarima principal, cientos de sillas vacías fueron retiradas discretamente durante el desarrollo del acto, un gesto que evidenció la menor convocatoria y que contrastó con la escenografía grandilocuente del discurso sandinista. Los aplausos fueron contenidos, los vítores escasos. La euforia de otros años no estuvo presente; en algunos rostros jóvenes se percibía incomodidad, incluso cierta vergüenza de estar ahí.


La fecha añadió una capa de significado imposible de ignorar: ese mismo 09 de febrero se cumplieron tres años de la excarcelación, expulsión y desnacionalización de decenas de opositores, periodistas, defensores de derechos humanos, activistas y líderes sociales, un episodio que redefinió la relación del Estado con la ciudadanía y la disidencia, y consolidó el exilio como política de control extraterritorial, más allá de los límites constitucionales locales y del mandato del Sistema Interamericano.


Otro discurso de Ortega: paz sin contexto


Durante su intervención, Daniel Ortega afirmó —parafraseando a Morales Carazo— que "el camino es la paz" y que en Nicaragua "no puede volver a haber guerra". En un tono didáctico y sin la habitual algarabía que le invade al hablar de conflictos armados, el también secretario general del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) sostuvo que los conflictos armados "solo destrozan a los pueblos y asesinan a jóvenes, niños, mujeres, ancianos y familias que no tienen nada que ver". La guerra, insistió, es una tragedia "absoluta", sin matices.


Ortega construyó su relato alrededor de dos figuras centrales: Morales Carazo y el cardenal Miguel Obando y Bravo, a quienes describió como seres humanos "excepcionales" que antepusieron su amor por Nicaragua para promover la reconciliación y alcanzar la paz "mediante el diálogo". En ese marco, volvió a referirse a los acontecimientos iniciados en abril de 2018, definidos nuevamente como un "intento de golpe de Estado", sin aludir a las responsabilidades estatales en la represión ni a las consecuencias judiciales y humanas que aún persisten.


Llamó la atención que, a diferencia de otros discursos recientes, Ortega no dedicó tiempo a Donald Trump, a Cuba, al petróleo ni a Nicolás Maduro, a quien suele mencionar con frecuencia. Se limitó a aludir vagamente a "esa nación del norte de América", una referencia ambigua que podría abarcar desde Estados Unidos hasta Canadá o México. El silencio temático fue notorio.


Biografía, elogios y literatura


El copresidente dedicó una parte sustancial de su intervención a repasar la trayectoria personal y profesional de Morales Carazo: escritor, columnista, empresario, economista, administrador de empresas y actor político; integrante de directivas empresariales, entidades de socorro, instituciones promotoras de inversiones y universidades privadas.


También subrayó el acompañamiento constante de Amparo Vásquez, presentada como una figura clave en su recorrido vital.


En un giro literario, Ortega citó extensamente al poeta Pablo Antonio Cuadra, quien reseñó la obra de Morales Carazo destacando su "gran capacidad de síntesis", su lenguaje claro y la ausencia de pedantería intelectual. Recordó libros como El Burro, El Alcalde y otras narraciones, mencionando relatos de corte costumbrista, humorístico y satírico, con giros propios del habla nicaragüense.


Todo ello sirvió para justificar la entrega simultánea de la Orden Rubén Darío, evocando al poeta padre y vinculando simbólicamente literatura, identidad nacional y reconciliación.


La paz de ayer, el silencio de hoy


Ortega insistió en que la paz alcanzada a finales del siglo XX fue producto de años de reuniones y negociaciones, tras una guerra que, según sus palabras, dejó más de 50,000 muertos en Nicaragua.


Reivindicó el rol de Morales Carazo en las negociaciones con la llamada "Contra" y el papel mediador del cardenal Obando y Bravo, a quien recordó desde episodios previos a 1979, incluyendo la toma de la casa del ministro somocista José María Castillo y las gestiones que permitieron su propia liberación tras más de siete años de prisión.


El relato personal —que incluyó anécdotas de juventud, estudios en El Salvador y un origen común en La Libertad, Chontales— humanizó el discurso, pero también desplazó cualquier referencia al presente inmediato. No hay cambios desde adentro, por ahora.


Porque mientras se hablaba de reconciliación, no hubo una sola mención a la reciente ola de detenciones en Nicaragua. De acuerdo con documentación periodística de COYUNTURA, al menos 10 personas han sido detenidas en lo que va del mes de febrero, principalmente en el norte del país, en operativos que han ocurrido sin información pública clara ni garantías procesales conocidas.


Otro contraste simbólico


Durante la ceremonia sonaron varias canciones del sandinista Carlos Mejía Godoy, un detalle que para muchos asistentes y observadores tuvo una carga simbólica particular. El uso de su música —sin reconocimiento explícito— evocó viejas apropiaciones culturales y materiales.


En ese sentido, en la memoria colectiva reaparece otro hecho central: la casa familiar de Morales Carazo, confiscada décadas atrás, y la ocupación de El Carmen, hoy convertida en el núcleo del poder copresidencial, fortificado con piedra cantera y barricadas.


Ese trasfondo histórico confirió al acto un tono paradójico: se exaltó la reconciliación mientras se ignoraron confiscaciones, expulsiones, desnacionalizaciones y detenciones, prácticas que contradicen el discurso oficial de "paz y bienestar familiar".


Epílogo: una reconciliación sin respuestas


La ceremonia concluyó sin sobresaltos, pero también sin entusiasmo. La retirada de sillas vacías, la moderación de los aplausos y el silencio sobre la coyuntura represiva actual delinearon un cuadro elocuente. En la noche del lunes 09 de febrero de 2026, la pseudo-monarquía nicaragüense celebró la reconciliación como concepto, pero evitó confrontar las fracturas reales que atraviesan al país centroamericano.


Tres años después del destierro masivo de opositores, y en medio de nuevas detenciones, la paz volvió a ser proclamada desde el podio rojinegro. Esta vez, sin enemigos externos visibles en el discurso y sin explicaciones sobre el presente inmediato.


Una reconciliación declamada, mientras la gente sigue hablando en voz baja.



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