ONU endurece críticas contra Ortega y Murillo y vincula la muerte de Brooklyn Rivera con el "patrón represivo" sandinista en Nicaragua
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Volker Türk afirmó ante el Consejo de Derechos Humanos que Nicaragua es el único país que no coopera con el sistema internacional de protección de derechos humanos. Mientras tanto, activistas y organismos regionales reclaman desde Europa una presión más sostenida frente a una crisis que, aseguran, trasciende las fronteras del país centroamericano.
Por Redacción Central | @CoyunturaNic
Managua, Nicaragua

El Alto Comisionado de la Organización de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Volker Türk, elevó nuevamente el tono de las advertencias dirigidas al régimen sandinista de Daniel Ortega y Rosario Murillo al señalar que Nicaragua permanece completamente aislada del sistema internacional de protección de derechos humanos y al relacionar la muerte bajo custodia del dirigente indígena miskitu Brooklyn Rivera con un patrón sostenido de represión estatal.
La declaración fue pronunciada el lunes 15 de junio de 2026 durante la apertura del 62 período de sesiones del Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, en Ginebra, un espacio en el que Türk presentó una actualización global sobre conflictos armados, autoritarismo y deterioro de libertades fundamentales en distintas regiones del mundo. Aunque el informe abordó múltiples crisis internacionales, el caso nicaragüense recibió una mención particular por lo que el Alto Comisionado describió como una situación excepcional dentro del propio sistema multilateral.
"Nicaragua se encuentra sola, al no colaborar en absoluto con el sistema de derechos humanos", afirmó Türk ante los Estados miembros. "La reciente muerte bajo custodia del líder indígena Brooklyn Rivera constituye una prueba más de sus políticas represivas y de un patrón más amplio de violaciones contra las comunidades indígenas y afrodescendientes", añadió.
La afirmación representa uno de los pronunciamientos más contundentes emitidos recientemente por Naciones Unidas sobre Nicaragua. Además de denunciar la ausencia total de cooperación con los mecanismos internacionales de supervisión, establece un vínculo directo entre el fallecimiento de Rivera y las prácticas represivas denunciadas desde hace años por organismos multilaterales y organizaciones defensoras de derechos humanos.
La intervención del Alto Comisionado se produjo apenas días después de conocerse la muerte del histórico dirigente indígena. Rivera, líder miskitu, expresidente del partido indígena YATAMA (Yapti Tasba Masraka Nanih Aslatakanka) y exdiputado de la Asamblea Legislativa, permaneció en paradero desconocido durante 971 días tras ser detenido en septiembre de 2023. Había regresado clandestinamente a Nicaragua después de que las autoridades le impidieran ingresar al país, poco tiempo después de participar en un foro de Naciones Unidas dedicado a cuestiones indígenas.
Las autoridades nicaragüenses atribuyeron su fallecimiento a complicaciones derivadas del Covid-19. Sin embargo, la explicación oficial no ha disipado las dudas sobre las condiciones de su detención ni sobre la atención médica que habría recibido durante casi dos años y medio bajo custodia estatal. A inicios de junio, la Oficina del Alto Comisionado ya había manifestado "serias preocupaciones" por las circunstancias de la muerte y reclamó esclarecer "las condiciones específicas de su detención a lo largo de los años y si tuvo acceso a atención médica adecuada".
El caso ha reactivado las alertas internacionales sobre la situación de los pueblos indígenas y afrodescendientes en Nicaragua. Desde hace años, distintas instancias multilaterales han advertido sobre conflictos territoriales, desplazamientos forzados, ataques armados, restricciones a los derechos colectivos y falta de protección efectiva para comunidades asentadas principalmente en la Costa Caribe del país centroamericano.
Para Naciones Unidas, la muerte de Rivera no constituye un hecho aislado, sino un episodio que debe leerse dentro de un contexto más amplio de vulneraciones sistemáticas contra poblaciones históricamente marginadas. La referencia adquiere especial relevancia porque sitúa la represión contra los pueblos originarios en el centro del escrutinio internacional sobre Nicaragua.
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El endurecimiento del discurso de Türk coincide con nuevos llamados para incrementar la presión diplomática sobre Managua. Esta semana, durante un conversatorio celebrado en Madrid sobre exilio y derechos humanos, defensores y especialistas insistieron en que la respuesta internacional continúa siendo insuficiente frente a la magnitud de la crisis nicaragüense.
Rosa María Payá, relatora para Nicaragua de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), sostuvo que ninguna transición democrática ocurre sin presión externa sostenida. Según explicó, los instrumentos internacionales existen, pero no han sido aplicados con la constancia ni la coherencia necesarias.
"Los mecanismos existen y no todos están siendo usados de forma sostenida. Para decir que algo no funciona primero hay que hacerlo y hacerlo coherentemente y hacerlo sostenido en el tiempo", señaló.
Payá recordó además que la CIDH ha documentado, desde 2018, al menos seis asesinatos de personas nicaragüenses en el exilio. Entre ellas figura el exmilitar y opositor Roberto Samcam, asesinado en Costa Rica el año pasado. A su juicio, la ausencia de espacios de participación política dentro del país convierte la presión internacional en un elemento indispensable para impulsar cualquier eventual apertura democrática.
Durante el encuentro también intervino la activista nicaragüense exiliada en España Alexa Zamora, quien denunció la existencia de un "doble rasero" en la respuesta de la comunidad internacional. Afirmó que la Unión Europea mantiene vigente con Nicaragua un acuerdo comercial que incorpora cláusulas de derechos humanos y diálogo político, pero que, en la práctica, esos compromisos quedan subordinados a intereses económicos.
"La comunidad internacional tiene que dejar de vernos como islas, porque las autocracias no funcionan como islas", expresó. Asimismo, cuestionó la diferencia de intensidad entre las reacciones internacionales frente a otros escenarios y la respuesta ante la desnacionalización de miles de nicaragüenses. "Los estados democráticos de este lado del hemisferio tienen que atreverse a romper la burbuja", dijo, al advertir que lo ocurrido en Nicaragua también interpela directamente a Europa.
Zamora denunció además que la persecución no termina al cruzar las fronteras nacionales. Según sostuvo, las embajadas de Nicaragua, Cuba y Venezuela cooperan entre sí y funcionan como espacios de vigilancia sobre las diásporas, por lo que "la represión transnacional es una realidad y no es una narrativa de ficción alarmista".
Por su parte, Yendri Velásquez, portavoz de Amnistía Internacional, insistió en que ninguna iniciativa aislada será suficiente para producir cambios políticos de fondo. La coordinación diplomática entre gobiernos y organismos multilaterales, afirmó, resulta esencial para aumentar el costo internacional de las violaciones a los derechos humanos.
En el centro de todas estas preocupaciones permanece el caso de Brooklyn Rivera. Su muerte, ocurrida tras casi tres años de desaparición bajo custodia estatal, ha renovado las exigencias de investigaciones independientes y ha reavivado la preocupación sobre la situación de las personas sometidas a desaparición forzada y del resto de presos políticos nicaragüenses.
"Nadie está a salvo, y la impunidad reina dentro de Nicaragua", resumió Zamora.
Con el nuevo pronunciamiento de Volker Türk, Naciones Unidas vuelve a colocar a Nicaragua entre las principales preocupaciones internacionales en materia de derechos humanos. Al identificar al país como el único Estado que rehúsa toda cooperación con el sistema internacional y al presentar la muerte de Brooklyn Rivera como evidencia de un patrón represivo persistente, el organismo incrementa la presión sobre el régimen de Ortega y Murillo para que responda a las denuncias sobre desapariciones forzadas, persecución política, violaciones contra pueblos indígenas y restricciones sistemáticas a las libertades fundamentales.
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