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Fotografía de AFP por Marvin Recinos

Crónicas saturadas: la saga de "El Salvador al revés"

Kevin Guzmán

Periodista

Desde su confinamiento, en el punto más álgido de la crisis por la Covid-19, el reconocido intelectual estadounidense, Noam Chomsky, declaró al movimiento DiEM25 que, superada la pandemia, una de las más graves amenazas que ha de afrontar nuestra generación es el deterioro de la democracia a nivel mundial. Deberíamos traer a Chomsky a Centroamérica para que note que, por primera vez, acá estamos más adelantados en algo. A la vanguardia de las hecatombes.

Y es que en los primeros 20 años del nuevo milenio, podemos afirmar que, en nuestra región, la democracia enfermó de gravedad y se encuentra en cuidados intensivos, conectada a máquinas para sobrevivir. El colapso ha tenido como fulminantes síntomas: el agravante de la corrupción institucional, golpes de Estado militares, los continuos abusos de poder y el infarto de las dictaduras modernas. Sin mencionar los impactos a la vulnerabilidad del territorio a causa de sendos fenómenos naturales.

Mientras tanto en El Salvador, las coyunturas han alcanzado, sin exageración, niveles cinematográficos. Para quiénes no estén al tanto de los hechos, a continuación, hilamos lo más relevante en esta saga de crónicas.

La Amenaza Cyan

En los últimos años luchamos por dejar de ser una nación presidencialista, y lo estábamos logrando. Pero eso cambió cuando Nayib Bukele entró a la ecuación, quien, tras abrirse paso con su monstruosa maquinaria de marketing político, llegó a los corazones del pueblo salvadoreño y al poder Ejecutivo.

Entonces, todo se centralizó. Los mercenarios de la social media contratados por Casa Presidencial se han encargado de implementar una estrategia mediática sin precedentes. Tomando como escenario principal las redes sociales, podemos afirmar que a ellos se les ha encargado la inverosímil misión del borrado de la memoria colectiva. Y van a pasos agigantados. Son los artífices de las "cajas chinas", contenido "del bueno" en las redes, desde memes, hasta entramadas noticias falsas que sirven de telón para ocultar la realidad: la corrupción, los abusos de poder y la violencia estatal son cada vez más comunes.

Como es de esperarse, muy poca gente parece darse cuenta de esto, y las pocas voces disonantes en la palestra son acalladas por el linchamiento virtual. Pero, de eso hablaremos más adelante.

La tarde del 9 de febrero de 2020 (a lo que llamamos 9F), casi cruzamos la línea hacia una dimensión que creíamos superada: la "dictadura de nuevo tipo". Un régimen de cara civil, con mando militar en las sombras. Por fortuna, no cruzamos el umbral, pero quedamos como atascados en un peligroso punto intermedio, difuso y peligrosamente ambiguo.

Ese día, el presidente Bukele irrumpió en el Congreso rodeado de decenas de militares, y apoyado por cientos de sus seguidores en las calles aledañas, quiénes vestían de cyan (color del partido GANA y Nuevas Ideas), con el claro objetivo de intimidar a los diputados y presionarlos para que le aprobasen 109 millones de dólares que le darían continuidad a su Plan Control Territorial.

Este plan secreto, abstracto e imposible de conocer para cualquier ciudadano de a pie, fue ejecutado en dos fases desde la llegada de Bukele al poder en junio de 2019, teniendo como principal característica el masivo despliegue militar y policial por el territorio nacional, así como el recrudecimiento del trato a los reclusos dentro de los centros penales, lo que trajo consigo una serie de acciones sistemáticas de represión que atentaron contra los derechos humanos de la población salvadoreña como no se había visto en décadas, desde los tiempos de la guerra civil de los años ochenta.

Las cosas se subieron de tono el 9F, tanto que se habla de un retroceso en la democracia. Y, aunque la crisis por la pandemia congeló ese sombrío monstruo que nos asechaba, quedó en evidencia el modo de gobernar de Bukele.

Para entenderlo en términos ilustrativos, imaginemos al Estado salvadoreño como un triángulo equilátero bidimensional. Con una tendencia a ser relativamente estable y funcional, con un sistema de pesos y contrapesos que permite un equilibrio de poderes. Bueno, ese era el Estado a.B. (antes de Bukele). Ahora, en el Estado d.B. (después de Bukele), el triángulo pasó a ser un tetraedro, una pirámide de tres caras. Monolítica y con una cima inalcanzable en la que el susodicho se coloca así mismo como Líder Supremo.

Dos de esas caras (órgano Legislativo y Judicial) no tienen futuro para él, son calizas y no llevan a ningún lado. Solo una cara (la del Ejecutivo) tiene escalinata hacia la cúspide, pero por ahí solo sube el Presidente. Nadie más. Él es el Ojo Que Todo Lo Ve, el Alfa y el Omega en las alturas. Parece chiste conspiranóico, pero es anécdota.

El Ataque de los Troles

Esta forma particular de gobernar, si bien no es dictadura per se, pues se le parece mucho. Como una monarquía medieval, pero con iPhone e internet 4G. Esta nueva forma de autoritarismo ha sido señalada por diversos organismos internacionales, entre los cuales destaca el Observatorio de Derechos Humanos (Human Rights Watch). Su titular, José Miguel Vivanco, ha dicho que este trato del presidente para con los demás órganos del Estado y sus adversarios, está a poca distancia de convertirse en una dictadura.

El Presidente no solo se aleja de abrir un debate serio en torno a los problemas fundamentales que aquejan al país, sino que opta por echarle más leña al fuego, generando conflicto, o lo que algunos youtubers llaman “el salseo”. Tan solo algunos improperios por Twitter le bastan para aniquilar en segundos a cualquiera que se atreva a contrariarlo. Acto seguido, se activan sus influencers y periódicos digitales a sueldo para reproducir el discurso. Finalmente, sus seguidores completan la lapidación acosando, insultando y denunciando cuentas. Así, elevan al mandatario al trono del trending topic al menos dos días por semana. Todo muy al estilo de Donald Trump, líder a quien Nayib dijo admirar mucho el día que se conocieron en una visita oficial.

La prensa comunitaria y alternativa, que no sigue las agendas gubernamentales, también ha sufrido ataques. Desde el descrédito público, hasta el maltrato en las conferencias, y pasando por el bloqueo económico; la relación del Presidente con el periodismo es pésima. Ser periodista se está convirtiendo en una ignominia. Con ese modelo a seguir, ahora gran parte de la población prefiere informarse en páginas de fake news que solo buscan desinformar, y, en cambio, condena el ejercicio periodístico que tan solo busca respuestas para el bien común.

El pasado 8 de julio, la periodista de la Revista GatoEncerrado, Julia Gavarrete, denunció públicamente -y ante la Fiscalía General de la República- que su residencia había sido allanada y desordenada en su ausencia, y que los intrusos extrajeron únicamente su computadora personal. A simple vista podría parecer obra de la delincuencia común, pero tomando en cuenta que Gavarrete se ha dedicado en las últimas semanas a la investigación específica de situaciones que involucran al Gobierno en actos de corrupción, ¿de dónde más podría provenir el motivo de cometer este acto delictivo? Aún no lo sabemos.

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Fotografía de Presidencia de El Salvador

La Venganza de los Virus

En medio de todo este inestable clima político, nos llega la pandemia del coronavirus. Y surgen las primeras medidas preventivas implementadas por el Gobierno para evitar que se propague como en otras naciones. El 11 de marzo, después de una cadena nacional de casi dos horas de monólogo, Nayib Bukele decretó emergencia nacional y cuarentena obligatoria. Esto es solo facultad de la Asamblea Legislativa, por lo cual no entró en vigencia hasta que la misma lo aprobó, el día 21 de marzo.

Se cerraron puertos, aeropuertos y fronteras dejando a miles de salvadoreños varados en diferentes partes del mundo; se suspendieron clases presenciales en todos los niveles educativos y quedaron suspendidas la gran mayoría de actividades económicas, a excepción de aquellas relativas a la salud, la información, la producción de alimentos y la distribución de servicios básicos (agua, energía eléctrica y telecomunicaciones). Estas medidas se extendieron por más de 80 días.

La Fuerza Armada jugó un papel clave en esta etapa. Teniendo ya un despliegue masivo producto del Plan Control Territorial, toda esa fuerza se enfocó ahora en doblegar a todo aquel que se atreviese a salir de casa. El Presidente (quien al tomar posesión como Comandante General hizo que el Ejército le jurara lealtad a él antes que al pueblo y a la Constitución), ordenó a sus soldados que “doblaran muñecas” y que hicieran “uso de la fuerza letal” de ser necesario. Esto causó alarma en todos los sectores pendientes de la salvaguarda de los derechos humanos, quienes una y otra vez fueron reducidos a nada en sus pronunciamientos.

La aprobación del Estado de Emergencia facultó al Ejército para privar de libertad a quienes fueran encontrados en la calle, para luego ser llevados a Centros de Contención. En las primeras horas de esta agresiva medida, fueron cientos los retenidos. En un punto hubo más confinados por "desobediencia" que por el mismo coronavirus.

En varios de estos centros -montados de manera improvisada en escuelas, canchas, casas comunales- se vivieron momentos oscuros de angustia y suma tensión, ya sea por la falta de atención médica integral o por causa del abuso de poder por parte de los cuerpos represivos. Tanto así, que algunas personas empezaron a compararlos con los antiguos campos de concentración de la Alemania nazi. Fue la organización popular de las juventudes dentro de algunos de estos centros la que hizo contrapeso para buscar el apoyo de la población en la restauración de sus derechos constitucionales.

La situación deplorable del sistema de salud pública ha sido tema de amplia discusión. En esto también, el Gobierno ha cometido desaciertos que han costado vidas. Mandar a construir un mega-hospital especializado, "el más grande de Latinoamérica", en lugar de implementar metodologías que permitan el fortalecimiento de la red pública de los que ya están funcionando -más allá de solo pintarlos e iluminarlos para la foto-, ha sido una de tantas acciones refutadas por el Colegio Médico de El Salvador, una gremial que ha intentado en vano acercarse al Gobierno desde antes de la pandemia, para colaborar con sus conocimientos.

Antes que optar por el fortalecimiento e inclusión del personal médico propiamente salvadoreño, el Ministerio de Salud, ha preferido convocar médicos extranjeros para llenar los "espacios vacíos". Al respecto, bien conocida fue la noticia de la solicitud de personal que hicieron a la Asociación Médica Nicaragüense. La solidaridad entre naciones es desde luego fundamental, pero, ¿acaso no hay suficiente capacidad instalada en El Salvador? O, ¿solamente lo hicieron para enviar al Colegio Médico el mensaje de "no los necesitamos"?

Aún con todo este control arbitrario ejercido desde el Gobierno por 83 días -y con la población respaldando las diferentes medidas hasta en un 50%, según la última encuesta de la Universidad Centroamericana (UCA)- el impacto del Covid-19 no se detuvo. Las cifras oficiales registran (hasta el 06 de agosto de 2020 a las 09:00 a.m.) 19,126 casos confirmados y 513 personas fallecidas, al igual que 9,236 recuperadas. Y la curva de contagios sigue subiendo.

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Fotografía de Reuters por Jose Cabezas

Una nueva esperanza
 

Contrario a lo que algunos intelectuales pseudo-divergentes opinan, el pueblo salvadoreño no es tonto. El pueblo se ha apropiado de las medidas de prevención e higienización (aún con la crisis hídrica encima). El pueblo observa y evalúa las acciones de sus gobernantes. La prueba de ello la encontramos, de nuevo, en el reciente estudio de la UCA, pues la aprobación del Gobierno bajó un 20% a raíz de la forma en que Bukele ha venido tomando decisiones que han tenido costos políticos, económicos y hasta de vidas humanas.

 

En esta etapa de "reactivación económica", el pueblo en general sufre las secuelas de esta crisis en diferente intensidad, siendo los pobres los más afectados. Aunque el Gobierno recrudece sus acciones en detrimento de los derechos de la población menos favorecida, mucho se escucha en las calles y los cantones: "nosotros no trajimos el virus al país". Afirmando esto, el pueblo se sacude los estigmas. Y argumentan que fueron las clases privilegiadas capaces de volar en avión, quienes se descuidaron. Así está hablando el pueblo en el arrabal, en el monte, fuera del glamour y el babel de las redes sociales. Ahora, muchos de ellos están recuperados y el pueblo sigue sufriendo, pero en dignidad, en resistencia.

La pandemia ha venido a bajar el telón para que nos asomemos a la realidad virtual en la que nos han intentado sumergir. Mucho se habla de construir "nuevas normalidades", pero ¿qué es la normalidad, sino un acto violento? Si, lo es. Porque una gran carga de violencia debe existir para que las cosas funcionen de la forma en que lo hacen y en favor de quienes manejan los hilos. Dicho eso, ciertamente podemos afirmar que las cosas no volverán a la normalidad.

Sobre el autor: Periodista independiente que ha colaborado desde el 2011 con el movimiento de radio y televisión comunitaria en El Salvador. Es productor audiovisual y documentalista. Impulsor de procesos formativos en comunicación alternativa y popular, en comunidades y universidades del país. Miembro de la Asociación “Kolectivo San Jacinto” de Cine Comunitario.

Puede seguirlo en: @KevsGuzman

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