Daniel Ortega y los ayatolás: memorias de una amistad "incorruptible" de casi medio siglo
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El rosario de acuerdos incluye anuncios ambiciosos —puertos de aguas profundas, refinerías, suministros energéticos pagados por trueque— que en la práctica han quedado en papeles o en promesas públicas. Proyectos como el puerto caribeño o la refinería "El Supremo Sueño de Bolívar" han sido reiterados en mítines y firmas, pero en la evaluación periodística y técnica aparecen como emblemáticos de una política de anuncios grandilocuentes y escasa ejecución. El balance es elocuente: de las decenas de proyectos anunciados en distintos momentos, apenas se concretaron iniciativas menores, como la construcción de un policlínico en Managua.
Por Juan Daniel Treminio | @DaniTreminio
Managua, Nicaragua

En 1979, dos revoluciones ciudadanas irrumpieron en extremos opuestos del mapa mundial. En Nicaragua, la insurrección que derribó a la dinastía somocista fue impulsada por una amplia coalición social que incluía campesinos, estudiantes, sectores urbanos y parte del empresariado. Ese mismo año, en Irán, un movimiento encabezado por el ayatolá Ruhollah Khomeini puso fin al régimen del Sah (Mohammad Reza Pahlavi) y dio origen a la República Islámica de Irán, un sistema teocrático con una estructura política e institucional profundamente marcada por la autoridad religiosa.
A lo largo de décadas, el eterno secretario general del oficialista Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), Daniel Ortega, ha insistido en presentar ambos procesos como fenómenos paralelos. Según su narrativa, la revolución nicaragüense y la revolución islámica serían "rebeliones gemelas", unidas por la coincidencia temporal y por su oposición declarada a la influencia de Estados Unidos de Norteamérica (EE.UU.) y al "orden político" occidental.
Sin embargo, la afinidad institucional y partidaria entre Managua y Teherán no se consolidó plenamente sino hasta casi tres décadas después, cuando Ortega regresó al ahora Órgano Ejecutivo en el año 2007 tras dieciséis años fuera de la extinta Presidencia. Desde entonces, la relación entre ambas administraciones se ha profundizado en el terreno diplomático, simbólico, ideológico y estratégico, mientras el sistema estatal nicaragüense experimentaba una transformación acelerada hacia un modelo de concentración absoluta del poder.
De coincidencia histórica a alianza política
El "triunfo" del Frente Sandinista en julio de 1979 marcó el inicio de un proceso político que se presentó como una revolución popular contra la dictadura de la familia Somoza. Ese mismo año, en febrero, la revolución iraní liderada por Khomeini instauró un nuevo régimen basado en la doctrina del liderazgo religioso.
Aunque ambos procesos surgieron de contextos radicalmente distintos —uno de carácter nacionalista y de izquierda latinoamericana, el otro inspirado en el islam político—, Ortega ha insistido durante décadas en destacar sus similitudes. La narrativa oficial sostiene que ambos pueblos enfrentaron al "imperialismo" y que sus revoluciones se desarrollaron bajo una misma lógica de "resistencia".
Durante los años ochenta, en pleno contexto de la Guerra Fría, la coincidencia ideológica entre el sandinismo y el nuevo régimen iraní fue más retórica que estructural. Nicaragua estaba inmersa en el conflicto armado contra la contrarrevolución financiada por Estados Unidos, mientras Irán se encontraba en guerra con Irak.
"No obstante, esa afinidad discursiva sirvió como base para una relación política, familiar y estética que décadas después sería presentada por ambos gobiernos como estratégica e irreversible", explica Karen P., docente universitaria consultada por esta Redacción.
El regreso de Ortega y la consolidación del eje Managua–Teherán
La relación bilateral adquirió mayor visibilidad a partir de 2007, cuando Ortega regresó a la que hoy se conoce como Copresidencia tras ganar con un margen mínimo las elecciones del año anterior. Desde ese momento, la política exterior nicaragüense comenzó a redefinirse en torno a alianzas con gobiernos que mantenían tensiones abiertas con Washington.
En ese contexto, Irán, Rusia, Corea del Norte y China pasaron de ser aliados simbólicos a convertirse en socios relevantes dentro del discurso internacional y local del sandinismo.
Ese mismo año, Ortega viajó a Teherán para reunirse con el entonces presidente iraní Mahmud Ahmadineyad. La visita incluyó ceremonias oficiales y anuncios de cooperación bilateral en diferentes áreas, desde energía hasta infraestructura. Ambos mandatarios reforzaron la idea de que sus países compartían un mismo proyecto de resistencia frente a las presiones internacionales.

Durante los años siguientes, Managua y Teherán firmaron diversos acuerdos y memorandos de cooperación, muchos de ellos presentados como "iniciativas de gran alcance". Sin embargo, la mayoría de esos proyectos nunca se materializaron.
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