Costa Rica frente al espejo: del mito de la excepcionalidad al vértigo de la "mano dura"
- Jairo Videa

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Para el oficialismo, la imagen de Nayib Bukele valida su narrativa de orden y eficacia. Para la oposición, simboliza una deriva peligrosa hacia el autoritarismo y una institucionalidad cada vez más débil. El fenómeno trasciende la coyuntura: expresa la atracción de amplios sectores por soluciones de fuerza, en una región marcada por democracias erosionadas y liderazgos personalistas.
Por Jairo Videa | @JairoVidea
San José, Costa Rica

El martes 13 de enero de 2026, la llegada de Nayib Bukele a Costa Rica para inspeccionar el Centro de Alta Contención de Crimen Organizado (CACCO) no fue solo la visita técnica de un presidente a una obra penitenciaria. Fue un acto con carga simbólica que se inserta en una historia larga y contradictoria: la de un país que dejó de sentirse con invulnerable excepcionalidad democrática y ahora debate hasta qué punto la seguridad puede justificar la transformación de su entramado institucional.
Esa tensión tiene raíces visibles y remotas: desde la escena humillante de octubre de 2004 en el aeropuerto Juan Santamaría —cuando el entonces secretario general de la Organización de los Estados Americanos (OEA), y expresidente Miguel Ángel Rodríguez, fue recibido escoltado por agentes del Organismo de Investigación Judicial (OIJ)— hasta la rutina actual en que la política costarricense se organiza alrededor de narrativas de "mano dura", populismo y desconfianza estructural.
La visita de Bukele llega en un país que, según los datos más recientes citados por observadores y encuestas, convive con cifras de homicidios que rondan las 900 muertes al año y una percepción ciudadana que ha perdido parte de su fe en la democracia: del 75 % de satisfacción en 2004 a una cifra 14 puntos menor en 2024, según Latinobarómetro.
La imagen de Rodríguez, cabizbajo, bajando por el puente de abordaje rodeado de agentes y cámaras, condensó un momento de ruptura en la narrativa nacional. Un expresidente que abandona un alto cargo internacional para volver y responder ante la justicia fue —para unos— síntoma de la madurez institucional; para otros, el detonante de una percepción nueva: la política ya no era la "fiesta" de antaño, sino un campo minado de acusaciones y desencanto.
Rodríguez, hoy octogenario, recuerda ese día como la constatación de que "algo había pasado" en el país centroamericano. Su voz, la de uno que gobernó en los años en que Costa Rica se abrió aceleradamente al mercado global, forma parte de un relato complejo: el del tránsito de una democracia de partidos sólidos a un escenario fragmentado donde los actores emergentes capitalizan el hastío.
De la centralidad de dos banderas al derrumbe del bipartidismo
Durante buena parte del siglo XX, la vida política costarricense giró entre el Partido Liberación Nacional (PLN) y la Unidad Social Cristiana (PUSC): una alternancia que se asumía como garantía de estabilidad. Ese molde empezó a agrietarse con cambios estructurales: la crisis de los años 80, las políticas neoliberales asociadas al consenso de Washington y la llegada de inversiones extranjeras (la planta de Intel, en 1997, es ejemplo reiterado del nuevo modelo exportador). Esos procesos —crecimiento económico focalizado, desigualdades crecientes, y desconfianza ante el Estado burocrático— erosionaron certezas y semillas de representación.
Las elecciones de 1998, con un salto de la abstención del 20 % al 30 %, marcaron una fractura. En la primera década del siglo XXI emergieron actores que canalizaron la indignación: Ottón Solís fundó el Partido Acción Ciudadana (PAC) con un discurso anticorrupción que conquistó circunstancias inéditas —balotajes y victorias inesperadas— y reconfiguró el mapa electoral. El "por primera vez" se convirtió en un estribillo: primera mujer presidenta en 2010 (Laura Chinchilla), primeras rondas electorales con resultados tan ajustados, y la fragmentación de las lealtades tradicionales.
No obstante, según analistas y abogados consultados por COYUNTURA, el abstencionismo este 2026 podría llegar al 50 %, la cifra más alta registrada en la historia contemporánea.
El término que hoy usa Rodrigo Chaves —el de "refundar" el país frente a una casta que habría protegido privilegios— no nació de la nada. Hay continuidad entre la narrativa de campañas anticorrupción y la oferta política que promete soluciones inmediatas a problemas complejos. Chaves, llegado a la escena pública desde posiciones tecnocráticas y con una narrativa de ruptura, supo capitalizar la decepción ciudadana: el resultado fue un desplazamiento del eje político hacia propuestas que priorizan la eficacia sobre las formas institucionales.
Ese giro tiene un correlato generacional, institucional y social: una población que vio crecer desigualdades mientras algunas élites se enriquecían, una juventud que nunca conoció la "época dorada" del bipartidismo y un electorado expuesto a la sensación de que las instituciones no responden con rapidez a sus problemas cotidianos.
En ese vacío, líderes que prometen mano dura, certezas y resultados instantáneos cosechan apoyos sustanciales.































