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El cerco se cierra sobre Managua. Aquí las claves del debilitamiento real de la familia Ortega Murillo como consecuencia directa de la captura de Nicolás Maduro

Varias de las administraciones centroamericanas han optado por recomponer o profundizar sus vínculos con Washington, incluyendo acercamientos directos a Donald Trump, en la búsqueda de beneficios económicos, respaldo político y mayores márgenes de maniobra frente a sus propias crisis internas, incluso para evitar los aranceles impuestos por el mandatario estadounidense. Esta reconfiguración limita de forma severa cualquier margen de maniobra regional para Managua. Daniel y Rosario, por primera vez en décadas, carecen de aliados políticos confiables en su entorno inmediato.


Por Juan Daniel Treminio | @DaniTreminio

Managua, Nicaragua
Ilustración de COYUNTURA
Ilustración de COYUNTURA

El viernes 10 de enero de 2025, Daniel Ortega viajó a Caracas para irrumpir en la ceremonia de toma de posesión de su amigo y aliado, Nicolás Maduro —desconocida por amplios sectores de la comunidad internacional—, en un gesto calculado de respaldo izquierdista explícito. No se limitó a acompañar al líder bolivariano: lo ungió, física y simbólicamente, como parte de ese eje autoritario que un año atrás se asumía cohesionado, operativo, intocable e impermeable a la presión internacional.


Un año después, la madrugada del sábado 03 de enero de 2026, esa esfera se quebró. La captura de Maduro y de su esposa, Cilia Flores, y su posterior traslado a una cárcel federal en Nueva York, Estados Unidos, alteraron de forma abrupta el equilibrio sobre el que se sostenían las alianzas entre las tres dictaduras que aún persisten en América Latina.


No se trató únicamente de la caída de un socio estratégico —otro más—, sino de la ruptura de un despropósito compartido entre La Habana, Managua y Caracas. Para Managua, el impacto fue inmediato y profundo. La familia Ortega-Murillo perdió, en cuestión de minutos, a uno de sus principales aliados regionales, con implicaciones políticas, financieras y simbólicas difíciles de revertir y, sobre todo, de explicar. Tampoco pudo —ni podrá— hacer nada por Maduro.


Desde entonces, el régimen nicaragüense enfrenta un escenario de debilitamiento real, marcado por un aislamiento aún más acelerado, la fragilidad de sus respaldos externos y una creciente exposición internacional. Lo que comienza a configurarse no es un colapso instantáneo, sino un proceso progresivo e irreversible que estrecha el cerco sobre el poder en Managua y abre, por primera vez en años, una grieta tangible en el horizonte de la causa democrática del país centroamericano.


Silencio, desorientación y verdades incómodas


La reacción de Daniel Ortega y Rosario Murillo tras la captura de Nicolás Maduro no fue estridente ni desafiante. Por el contrario, fue un silencio espeso, prolongado y calculado. No hubo cadenas nacionales, ni discursos incendiarios, ni llamados a la movilización antiimperialista, como en episodios previos de presión internacional. El pronunciamiento oficial llegó tarde, desdibujado y con un tono inusualmente contenido. Silencio. En la lógica autoritaria del orteguismo, ese silencio —lejos de transmitir fortaleza o "prudencia", y acompañado del endurecimiento del control interno— delata desorientación y repliegue.


En los regímenes autoritarios, el silencio no es neutral: es una señal de incertidumbre estratégica. La extracción de Maduro obligó al círculo de poder en Managua a enfrentar una serie de verdades incómodas. El supuesto mundo "multipolar" de alianzas internacionales, trabajado durante años y presentado como un blindaje absoluto del modelo totalitario, no representa un respaldo efectivo ni garantiza nada, menos aún cuando el costo político y geopolítico se elevó de forma abrupta.


Las reacciones externas confirmaron esa fragilidad. China, Rusia e Irán optaron por posiciones contenidas, sin gestos visibles de respaldo operativo. Cuba, actor histórico en la arquitectura de apoyo político y de seguridad del eje autoritario regional, atraviesa su peor momento de debilidad económica y social en décadas.


El golpe ha sido simbólico, pero profundo. La percepción de invulnerabilidad construida por el régimen sandinista comenzó a erosionarse. Para una dictadura sostenida en el control absoluto y el miedo, esa pérdida de certezas no es menor. Impacta directamente en la toma de decisiones, en la cohesión del círculo de poder y en la capacidad del régimen para proyectar autoridad. El silencio de Managua no fue prudencia diplomática —la prudencia no existe para ellos—, sino el reflejo de un poder que, por primera vez en mucho tiempo, no supo cómo reaccionar. Se quedaron frente al monitor durante demasiado tiempo.


En ese mismo marco —tenga o no relación directa con la captura de Maduro—, la codictadura ejecutó una de las decisiones diplomáticas más abruptas de los últimos meses: la expulsión del embajador de España, Sergio Farré Salvá, el domingo 25 de enero de 2026, apenas un mes después de su llegada al país, así como del ministro consejero Miguel Mahiques Núñez. La medida llevó al límite la relación bilateral, rozó la ruptura diplomática y se ejecutó sin motivos claros, sin escalamiento previo y sin el aparato propagandístico que tradicionalmente acompaña este tipo de decisiones.


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