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  • Juan Daniel Treminio

Escenario 1, escenario 2, escenario 3

La carrera electoral de 2021 ya dio inicio. El cronómetro comenzó su conteo hasta llegar al 7 de noviembre (7N), fecha en la cual se define si el país tendrá o no un futuro prometedor. Los grupos y organizaciones políticas continúan apostando al poder de las urnas, pero les urge un cambio en sus narrativas y acciones para dar una propuesta determinante, alcanzable y convincente, con el único objetivo de convertir el 71 % del descontento social en votos a favor de un cambio.


Las recientes campañas lanzadas desde la Alianza Cívica por la Justicia y la Democracia, y la Alianza Universitaria Nicaragüense, más allá de causar polémicas, sirvieron para darle peso al cronómetro e iniciar la discusión del escenario decisivo. Dichas campañas intervienen en un panorama incierto y confuso. Bajo esta coyuntura, se pueden recrear tres posibles escenarios.




Escenario 1: apertura hacia un proceso real


La coyuntura política en Nicaragua es inhóspita. A lo largo de los últimos 14 años, la realidad se ha basado en la voluntad política de un núcleo familiar que somete al país a juegos bajo sus propias reglas. Antes de finalizar el 2020, el Presidente Daniel Ortega propuso de forma sutil la replica de las elecciones de 1984 en este 2021, en donde él participaría sin competencia. El desafío de la oposición, ahora, es replicar las elecciones de 1990, en donde se le puso fin a 10 años de guerra por medio del voto. Esta vez, la decisión sería de vida o muerte.


Aspirar a un proceso electoral limpio, legible y con garantías debe ser la apuesta, incluso para el mismo Frente Sandinista, que necesita de la mínima legitimidad para sobrevivir en un contexto poselectoral en el caso de perder; sería la forma más fácil de demostrar de una vez por todas su capacidad de ganar una elección respetando las reglas.


Este escenario dependerá de los traumas ocasionados a Daniel Ortega por el 25 de febrero de 1990 y abril de 2018. Dar la apertura mínima pondría en juego su proyecto de vida, que es morir con la chaqueta Adidas puesta, y en el poder. Sin embargo, apostar a repetir 1984 o incluso el 2016 no le conviene ni a él, ni a su esposa, ni a sus hijos, ni a sus empresas, ni a sus aliados, ni a su partido, ni a la militancia de su partido, y mucho menos al país.



Escenario 2: resistencia a perder el poder


Sentarse a esperar la voluntad del gobernante le generaría costos impagables a la oposición, misma que justifica estos años de división tratando de entender conceptos utópicos de unidad. La sociedad tiene una capacidad respetable de discernimiento y está dispuesta a demostrarlo en las urnas, pero necesita estar al tanto de las jugadas que se hacen desde las cúpulas.

Las posibilidades de cambio son de un 71 %, reflejado en la última encuesta de CID Gallup. Es una acción palpable en las calles y en la Nicaragua profunda que espera decretarlo en las urnas, para dar paso a una nueva etapa de vida el 10 de enero de 2022. Para concretar este escenario las reformas electorales son necesarias, sin embargo, para impulsar la demanda de reformas primero hay que apostar al proceso electoral como el único mecanismo de salida.


En este segundo escenario, al tratarse de su derrota, el Frente Sandinista no ha tenido ningún impedimento en demostrar su capacidad de evitar o arrebatar el proceso de transición al costo que sea. Es un escenario de alta tensión, de caos y fraude, y se vuelve extremo gracias a las cuatro leyes recientes y el retraso de las reformas electorales. Evitar un escenario de fraude y caos solo dependerá del compromiso que asuma cada actor, sector, ciudadano común y comunidad internacional.


Escenario 3: el peor de todos


El 2021 es una oportunidad y podría considerarse la última para darle vida y futuro a esta patria, que se enrumba a celebrar sus doscientos años de independencia. El peor y más vil escenario es el abstencionismo.


Promover el abstencionismo para esta elección es garantizar el triunfo rotundo e incuestionable del Frente Sandinista. Solo puede traducirse en la perpetuidad de este sistema y la prolongación indefinida de muchas crisis. No hacer nada es lo peor que se puede hacer.


El abstencionismo representaría una lápida a los sueños, aspiraciones y proyectos de vida de cada individuo. Cualquier propuesta que surja del seno de quienes promueven la abstención carecerá de toda lógica. Es una elección de vida o muerte.

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