Cuando el "derecho internacional" es la coartada para la impunidad
- Juan Daniel Treminio

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De repente, el mapa y los recursos valen más que las personas. Se defiende el perímetro del territorio y sus bienes mientras se ignora el grito de quienes no encuentran medicinas, o huyen por las fronteras, o ven a sus familiares desaparecer en una maraña de impunidad. Es como admirar la pintura del barco hundido mientras los náufragos se ahogan a pocos metros.
Por Juan Daniel Treminio | @DaniTreminio
Madrid, España

Las operaciones de Estados Unidos en Venezuela del sábado 03 de enero de 2026, que culminaron con la captura del ahora exdictador chavista Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, han provocado una oleada de indignación selectiva en algunas partes del mundo. Desde tribunas muy solemnes se levantan voces que citan al "derecho internacional", el "principio de no injerencia y no intervención" y el respeto a la "soberanía" como si fueran reliquias sagradas de la historia humana. Lo paradójico es que muchos de esos "guardianes" del purismo legal han sido, durante años, sorpresivamente permisivos frente a los fraudes electorales, la manipulación institucional y el uso sistemático de la fuerza y el crimen organizado para perpetuar al régimen chavista en el poder.
Se escandalizan porque al líder bolivariano "lo han secuestrado" —dicen— y se ha "violentado" su "inmunidad" como Jefe de Estado. En realidad, lo que reclaman es el supuesto derecho de un sistema autoritario a seguir violando derechos humanos sin consecuencias. Es una especie de indignación invertida; las víctimas pasan a segundo plano, mientras el victimario adquiere el aura de soberano ultrajado. En esa narrativa, Maduro no aparece como la cabeza de una dictadura responsable de innumerables formas de torturas, persecución y censura que causaron el colapso en la vida de millones; lo ven como el celador de una soberanía abstracta.
De repente, el mapa y los recursos valen más que las personas. Se defiende el perímetro del territorio y sus bienes mientras se ignora el grito de quienes no encuentran medicinas, o huyen por las fronteras, o ven a sus familiares desaparecer en una maraña de impunidad. Es como admirar la pintura del barco hundido mientras los náufragos se ahogan a pocos metros.
La ironía resalta cuando recordamos a ciertos militantes que se movilizaron con euforia por la libertad de otros pueblos, aunque ahora se incomodan ante la posibilidad de una Venezuela sin Maduro. Pasaron del "Free Palestine" al "Don’t Free Venezuela" en cuestión de semanas. Es ahí donde se debe evocar la coherencia, un lujo que parece impagable para aquellos que optan por sostener su pureza ideológica.
No solo estamos hablando de un régimen aislado en sus errores y horrores. Hablamos de un proyecto político que dinamitó todos los mecanismos legales, civiles y políticos, internos y externos, que resguardaban el orden democrático y la paz, desde el diálogo hasta los tratados. Impugnó la Carta Interamericana de Derechos Humanos, rechazó la jurisprudencia de la Corte Interamericana, desconoció compromisos básicos de la Organización de los Estados Americanos y terminó autoexcluyendóse de dicho organismo en abril de 2019.
Cuando el derecho interno y las libertades son demolidas pieza por pieza, a la vista y paciencia de todos; cuando las instituciones se convierten en plataformas del crimen y los tribunales en extensión del poder; ¿qué sentido tiene invocar la soberanía, ignorando todo lo que ocurre detrás de las y los soberanos? ¿Para qué sirve el derecho internacional cuando el Estado transforma la ley en instrumento de persecución y violencia? ¿Qué valor tiene apelar a normas que fueron diseñadas para proteger a los pueblos, si se usan para blindar a quienes los aplastan?
Tampoco se trata de glorificar intervenciones o agresiones militares, ni de ignorar sus riesgos para la democracia. Nadie sensato celebra la violencia. Pero tampoco es honesto fingir que la alternativa era seguir esperando a que las cosas cambien por arte de magia diplomática. La única alternativa impuesta desde adentro y desde afuera ha sido una violencia más silenciosa y constante: aquella que se adentra en la economía, en los cuerpos, en el miedo cotidiano. Es esa violencia la que ciertos portavoces invisibilizan o estimulan, mientras discuten sobre "autodeterminación".
¿Qué dirán entonces, quienes hoy se escandalizan por "la injerencia", cuando la Corte Penal Internacional —con sede en La Haya— avance en la confirmación de crímenes de lesa humanidad atribuidos al aparato del chavismo representado por Nicolás Maduro? Más aún: es curioso que hablen de soberanía violada mientras callan ante otra forma de intervención, negada pero persistente, la que durante años colocó a asesores y mandos extranjeros, en su mayoría cubanos, en el corazón de la seguridad e inteligencia venezolana.
Al final, tampoco se trata de abolir el derecho internacional y las normas, sino de rescatar las reglas de quienes las usan como escondite, argumento, coartada. La norma no existe para proteger la impunidad, sino para impedirla. Porque cuando se convierte en refugio del verdugo y no del ciudadano deja de cumplir su misión.
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