Cuando la esperanza vuelve a respirar
- Redacción Central

- 4 days ago
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La intervención militar de Estados Unidos en Venezuela no solo alteró el tablero geopolítico de la región: reabrió, con una mezcla de vértigo y alivio, una puerta que parecía clausurada para pueblos marcados por la dictadura. Para quienes cargan el exilio en los hombros —nicaragüenses, venezolanos, cubanos— la posible caída de un poder que se creía eterno no es un titular más: es el destello, frágil pero irrebatible, de que la justicia puede alcanzarse y que el mañana quizá vuelva a ser habitable.
Cartas a la Dirección | @CoyunturaNic
Madrid, España

La mañana del sábado 03 de enero de 2026 me desperté con una noticia que —real o no en su desenlace inmediato— despertó un efecto irreversible hasta ahora: esperanza. Los reportes sobre una incursión de Estados Unidos en territorio venezolano, y lo que hasta algún momento solo fue "la posible" captura del dictador narcoterrorista Nicolás Maduro, recorrieron el mundo a la velocidad de internet y las redes sociales digitales. Atravesaron también, sin duda, nuestros cuerpos, nuestras memorias y nuestras heridas. Como nicaragüenses, venezolanos, cubanos.
Como nicaragüense ahora en exilio forzado, no pude evitar que los ojos se me llenaran de lágrimas, que el pecho se me apretara y que el corazón se me desbordara. No solo por Venezuela, sino por ese espejo en el que nos miramos quienes venimos de Nicaragua y Cuba, pueblos que conocemos demasiado bien el rostro de las dictaduras prolongadas. Quizás solo nosotros entendemos de verdad lo que significan décadas de silencio impuesto, de miedo cotidiano, de censura, de cárceles, de tortura, de familias rotas y de exilios que marcarán generaciones enteras.
No tardaron en aparecer las reacciones oficiales de gobiernos y organismos internacionales, ni tampoco, como ya es habitual, los juicios morales lanzados desde la comodidad de la distancia. Se habla de intervencionismo, de la ley del más fuerte, de violaciones al derecho internacional. Y es ahí donde surge la pregunta incómoda: ¿sacamos los papeles? ¿Contamos las violaciones? ¿Cuántas convenciones sobre Estado de derecho, libertad de expresión, elecciones libres, trato digno, derechos humanos, entre otras, ha pisoteado el régimen venezolano durante años?
Resulta llamativo ver manifestaciones en distintas capitales del mundo en defensa del chavismo, casi siempre con escasa presencia de venezolanos. Y no es un dato menor: más de ocho millones de venezolanos viven hoy fuera de su país. Ocho millones. Más que toda la población de Nicaragua. Ese número, frío en apariencia, es en realidad un océano de historias truncadas, despedidas sin retorno y vidas suspendidas hasta hoy.
Quienes sufrimos el peso de los autoritarismos en nuestras vidas no celebramos la intervención de una potencia extranjera como un fin en sí mismo. Celebramos algo más profundo, más humano: la posibilidad del cambio. El juzgamiento del primer sujeto culpable.
Celebramos que el hombre fuerte, el que parecía intocable, cayó.
Celebramos la idea, tan sencilla y tan robada, tan profunda y a la vez mundana, de que mañana puede ser mejor.
Celebramos el reencuentro: volver a abrazar a nuestras madres, padres, abuelos, hermanos, hijos; caminar otra vez por la tierra donde están enterrados nuestros ancestros, sin miedo ni permisos.
Por eso, más allá de titulares y versiones encontradas, hoy hago votos por una transición ordenada en Venezuela, por el respeto pleno a la voluntad democrática y soberana del pueblo venezolano, expresada ya en las urnas y largamente desconocida. Y también por que el pragmatismo geopolítico y el sesgo ideológico no se reduzcan únicamente al petróleo, sino que recuerden, aunque sea por un resquicio de humanidad, los principios que esa misma potencia proclamó al nacer: que todos los hombres son creados iguales y dotados de derechos inalienables, entre ellos la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.
Eso es todo lo que pedimos. Vida y libertad para ser felices en nuestra propia tierra, con nuestra propia gente.
¡Viva Venezuela libre!
¡Viva Cuba libre!
¡Viva Nicaragua libre!
Patria libre para vivir.
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