LIBRE desenfunda el plan para atornillarse en el poder. Rixi Moncada desafía la derrota oficialista y ordena con extremismo "paralizar" Honduras
- Juan Daniel Treminio

- Dec 8, 2025
- 6 min read
Del "fraude" a la insurrección institucional: la "bendecida" por la primera presidenta hondureña le declaró la guerra a la alternancia y el país centroamericano se parte en dos. La presidenciable del oficialismo, ya no más funcionaria estatal, encabezó la noche de este domingo 07 de diciembre de 2025 un movimiento político y social que inmola al gobierno de la primera mujer, ordenando así agresiones contra periodistas que contradigan el discurso izquierdista, el enroscamiento de miles de funcionarios del Estado en sus puestos, protestas, paros y plantones en contra, principalmente, del debilitado y ya atacado Consejo Nacional Electoral (CNE); mientras el consejero Marlon Ochoa grita "fraude" y exige la anulación del proceso, parar la alternancia en el Ejecutivo, como paró el calendario de los comicios.
Por Juan Daniel Treminio | @DaniTreminio
Tegucigalpa, Honduras

La noche del domingo 07 de diciembre de 2025 se cernió sobre Honduras como un presagio oscuro, digno de los extremismos de la rancia izquierda de Ortega, Maduro y Díaz-Canel, una semana exacta después de que las urnas del domingo 30 de noviembre escupieran un veredicto que nadie en el oficialismo quería, pero que casi todos esperaban: un giro a la derecha que sepulta los sueños de continuidad izquierdista.
Bajo las luces parpadeantes de una conferencia de prensa improvisada en las oficinas del Partido Libertad y Refundación (LIBRE), Rixi Ramona Moncada, la candidata presidencial de extrema izquierda y delfín de la presidenta Xiomara Castro, no leyó un discurso de derrota. Leyó un acta de rebelión.
"LIBRE no reconoce las elecciones celebradas bajo injerencia y coacción del presidente de los Estados Unidos (EE.UU.), Donald Trump, y la oligarquía aliada que han embestido al pueblo hondureño con un golpe electoral en curso", proclamó con voz firme, flanqueada por la cúpula de su partido, junto a Hortencia Xiomara Castro Zelaya. No era un lamento; era una orden de inmolación democrática.
Moncada, relegada a un humillante tercer lugar con apenas el 19,3 % de los votos según el escrutinio preliminar del 88 % de las actas, desató un movimiento que podría paralizar el país centroamericano: protestas masivas, paros indefinidos, plantones indefinidos frente al Consejo Nacional Electoral (CNE) y una directriz tajante a los miles de funcionarios públicos: "no cooperen con la transición".
¿Dónde más usted ha visto a una política, ya no más una funcionaria de alto nivel, ordenando a la maquinaria estatal cometer un delito? Sí. En Nicaragua, en Venezuela, en Cuba, en China, en aquellos países con largas historias con el autoritarismo y el degenere gubernamental.
El "peor escenario" que tanto temían los analistas —un oficialismo envalentonado negando la alternancia, los resultados— acababa de materializarse, no desde Casa Presidencial, porque Castro permanece todavía en silencio, sino desde las entrañas de un partido que, hace cuatro años, prometió "refundar" la nación. No mencionaron entonces el papel del negacionismo y la violencia política en su plan.
La escena era casi teatral, digna de las crónicas de un golpe fallido. Afuera, en las calles empedradas de Tegucigalpa, ya se oían los primeros cánticos de militantes enfurecidos: "¡Rixi presidenta, no al fraude!". Adentro, Moncada, con su habitual compostura técnica —exministra de Finanzas y de Defensa, abogada de formación—, desplegó un arsenal de acusaciones que resonaron como disparos en la noche centroamericana.
Denunció la manipulación del Sistema de Transmisión de Resultados Electorales Preliminares (TREP), "alterado en su código fuente sin autorización del pleno del CNE", con 5,000 actas en "cero" y un 95,17 % de inconsistencias entre el registro biométrico y los resultados transmitidos. Habló de "millones de mensajes amenazantes" enviados vía plataformas digitales, advirtiendo a los hondureños que, si votaban por ella, sus remesas —el salvavidas de millones de familias— se verían truncadas en diciembre.
Y, en el centro de todo, la sombra de Trump: el magnate neoyorquino, reelegido en noviembre, había irrumpido en la campaña con una publicación incendiaria respaldando a Nasry Asfura, el empresario del Partido Nacional (PNH) que lidera el escrutinio con un 40,19 % de los sufragios, apenas un suspiro por encima del 39,49 % de Salvador Nasralla, del Partido Liberal (PLH). "Esto no es una elección; es un golpe blando orquestado desde Washington", espetó Moncada, mientras sus seguidores coreaban "¡Rixi no está sola!" en las redes y las plazas.
No estaba sola, en efecto. Horas antes, Marlon Ochoa, el consejero del CNE designado por Libertad y Refundación, había elevado la apuesta con una denuncia que heló la sangre de la incipiente democracia hondureña. En una rueda de prensa convocada a contrarreloj, Ochoa —un abogado de perfil bajo hasta ahora— blandió evidencias técnicas como un fiscal implacable: "el TREP es una verdadera trampa. Han alterado el código fuente sin las tres llaves oficiales requeridas por la Ley Electoral, transfiriendo votos entre candidatos y partidos en un fraude automatizado".
Calificó el proceso como "el más manipulado de nuestra historia", superando incluso los comicios controvertidos de 2013 y 2017 bajo el exmandatario Juan Orlando Hernández. Ochoa exigió la nulidad total de las presidenciales, el paro inmediato de la alternancia en el Ejecutivo y una investigación por "terrorismo electoral".
Sus palabras no eran un berrinche perdedor; eran un grito de auxilio a la comunidad internacional, que ya observa con recelo: la Organización de los Estados Americanos (OEA) urgió este sábado "agilizar el escrutinio" y criticó la "falta de pericia" en el recuento, mientras el 86,6 % de las actas muestran "errores e inconsistencias".
El impacto fue inmediato y visceral. En las calles de San Pedro Sula y Tegucigalpa, militantes de LIBRE —muchos de ellos empleados públicos "enroscados" en la maquinaria estatal— comenzaron a montar plantones frente a las sedes del CNE, bloqueando accesos con barricadas improvisadas de neumáticos y pancartas que rezan "no al golpe de Trump".
La convocatoria para una "asamblea extraordinaria de la dignidad nacional" el sábado 13 de diciembre promete ser otro detonante: paros en sectores clave como educación y salud, marchas masivas y, según fuentes cercanas al partido oficialista, "acciones de resistencia civil" que podrían escalar a enfrentamientos. Ya se reportan las primeras agresiones: periodistas independientes que cuestionan el relato izquierdista han sido increpados en redes y en las ruedas de prensa oficialistas, en un incidente aislado pero simbólico, un reportero de un medio opositor fue expulsado de un mitin en Comayagüela con gritos de "traidor al pueblo".
LIBRE, en su comunicado, desautorizó explícitamente a cualquier funcionario a "colaborar con los enemigos del pueblo" en la transición, un mandato que podría dejar al gobierno de Castro —la primera mujer presidenta— manco de ejecutores y expuesto a un colapso administrativo antes de enero de 2026.
Desde Casa Presidencial, el silencio de Xiomara Castro ha sido ensordecedor. La mandataria, cuya aprobación ha caído en picada por escándalos de corrupción y una economía estancada, no ha emitido palabra pública sobre la jugada de su sucesora designada. Fuentes en el Ejecutivo susurran de divisiones internas: Castro, pragmática en su día, podría ver en Moncada un balcón demasiado radical, un "suicidio libertario" que inmola el legado de LIBRE y hasta de su esposo, Manuel Zelaya, en aras de una narrativa victimista.
Mientras, Asfura y Nasralla, empatados en un duelo conservador que huele a pacto post-electoral, piden "serenidad" y denuncian la "desestabilización". "Honduras no puede ser rehén de perdedores", tuiteó Asfura, respaldado por el beneplácito de Trump.
Esta crónica no es solo de una elección robada —o no, según desmientan las consejeras del CNE como Ana Paola Hall, que hablan de "relato infundado" sin pruebas concluyentes—. Es la historia de un país atrapado en su propio ciclo de desconfianza, donde la izquierda, nacida de las cenizas del golpe de 2009, ahora amenaza con quemar las instituciones que juró refundar.
Si Moncada triunfa en las calles, Honduras podría ver su transición pacífica evaporarse en humo de protestas; si fracasa, el oficialismo se desangrará en irrelevancia. En cualquier caso, el 08 de diciembre amanece con el sabor amargo de lo inevitable: la democracia centroamericana, frágil como un vidrio rajado, acaba de recibir otro golpe. Y esta vez, el martillo lo empuña quien se decía su guardián.
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