Fuerza sin derecho, transición sin tutelas
- Redacción Central

- 3 days ago
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Para el chavismo, este es un punto de no retorno. Lo más responsable que pueden hacer quienes aún sostienen al régimen es deponer la violencia y aceptar que el ciclo está agotado. La ciudadanía ya habló. Sostener un proyecto político-ideológico contra su propio pueblo solo prolongará el sufrimiento y la inestabilidad. Entended que el principal enemigo ya fue raptado. Dejarlo así. Avanzad.
Por Redacción Central | @CoyunturaNic
Caracas, Venezuela

La operación militar de Estados Unidos que desembocó en la captura de Nicolás Maduro estrena un año de noticias cardiacas y abre una etapa de enorme trascendencia para Venezuela y para todo el hemisferio. La caída del dirigente que dinamitó la democracia venezolana, persiguió a la disidencia y empujó a millones de personas al exilio no puede despertar nostalgia. Sí debe suscitar una expectativa prudente: que el país recupere sus instituciones, su pluralismo político y el derecho elemental de sus ciudadanos a decidir, vivir y dialogar sin miedo.
Pero el modo en que se ha producido este giro histórico interpela con la misma fuerza. La intervención ordenada por Donald Trump carece de aval internacional y de autorización del Congreso estadounidense. Se trata, por tanto, de una acción al margen de los marcos legales que han articulado la convivencia internacional desde la Segunda Guerra Mundial. Su significado trasciende a Venezuela: confirma el desplazamiento del orden multilateral hacia una lógica de zonas de influencia en la que la fuerza pretende sustituir al derecho. Fuerza, fuerza, fuerza.
Trump ha reivindicado explícitamente la Doctrina Monroe como base de su política exterior y ha proyectado sobre Latinoamérica un liderazgo de tutela que choca frontalmente con la soberanía de los Estados de la región. El riesgo no se limita al presente. Otros actores globales observan y tomarán nota cuando miren a Taiwán, Ucrania o su vecindario más cercano. La comunidad internacional se equivoca si interpreta este episodio como una "intervención quirúrgica" sin consecuencias sistémicas: abre precedentes.
El régimen chavista deja un legado innegable de represión, corrupción, destrucción económica y fraude electoral. Sus violaciones de derechos humanos han sido acreditadas por organismos internacionales. Pero combatir el autoritarismo no legitima cualquier método. La experiencia reciente en Irak, Libia o Afganistán debería haber vacunado a Estados Unidos contra la ilusión del cambio de régimen impuesto desde el aire. La democracia no se importa en contenedores militares ni se implanta desde un protectorado provisional. Pero gracias, igual. Se tenía que hacer.
El propio Trump ha abonado esa percepción al afirmar que Washington "dirigirá" Venezuela mientras se produce una "transición segura" y al deslizar que empresas estadounidenses asumirán el control de la industria petrolera para "hacer dinero". Esas palabras son políticamente imprudentes y moralmente inaceptables: refuerzan la sospecha de una apropiación de facto de recursos estratégicos y desdibujan el objetivo declarado de restituir derechos. Venezuela no es un botín energético, sino una nación devastada que necesita reconstruir su Estado de derecho y sus libertades.
A la incertidumbre legal se suma la política. La captura de Maduro no desmantela de inmediato la red de poder que lo sostuvo. Los mandos militares, los colectivos paramilitares o la presencia del narcotráfico y el crimen organizado en zonas fronterizas alimentan el riesgo de escalada violenta y fragmentación territorial. A ello se añade la posibilidad de que el chavismo intente utilizar más y más la intervención extranjera como coartada para cerrar filas y endurecer la represión bajo el relato "nacionalista". También aquí la historia latinoamericana ofrece advertencias suficientes.
Frente a ese escenario, conviene subrayar un punto esencial: la legitimidad democrática reside hoy en el mandato expresado por los venezolanos en 2024, cuando la oposición —con María Corina Machado como principal referente y Edmundo González como candidato— obtuvo un respaldo inequívoco, brutal, pacífico. Esa legitimidad no puede quedar oscurecida por la lógica de bloques ni suplantada por ninguna tutela exterior. Entonces, la contención mostrada por la dirigencia opositora al evitar llamar a movilizaciones en plena operación militar no es rendición, sino responsabilidad.
América continental y la Unión Europea deben actuar con claridad. Condenar la violación del derecho internacional y, al mismo tiempo, reconocer la ilegitimidad del chavismo y que la validez del mandato ciudadano no son objetivos contradictorios, sino inseparables. La prioridad inmediata debe ser la desescalada y la protección de la población civil, seguida de un proceso de transición pactado, inclusivo y verificable que devuelva a las y los venezolanos la capacidad de decidir su futuro sin amenazas, sin exilios forzados y sin tutelas militares.
España, Nicaragua, Honduras, Brasil, México, Cuba, Uruguay y Chile, por su parte, no pueden desentenderse. Su ambigüedad pasada y presente con el régimen chavista exige una rectificación inequívoca: apoyo firme a la democracia venezolana, respaldo a la legalidad internacional y rechazo a cualquier intento de convertir el país en un protectorado de facto. Mediaciones personales del pasado han quedado desacreditadas por los hechos y deben dar paso a una diplomacia alineada con los principios humanistas y democráticos, más no ideológicos.
Venezuela vive una hora decisiva. La hora cero. Por fin.
Que el final de un autoritarismo no sea el comienzo de una nueva subordinación dependerá de la claridad de los principios y de la fortaleza de las instituciones que se construyan, en el territorio. No habrá democracia sin reglas ni reglas sin límites al uso de la fuerza, en el terreno. La única transición legítima será aquella que surja del voto de los venezolanos y que encierre definitivamente el ciclo del chavismo autoritario. Todo lo demás —la tutela externa, el botín petrolero, la imposición por la fuerza— volvería a escribir un guion que América Latina conoce demasiado bien. Por desgracia.
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