Venezuela ante el umbral: la muerte de otro preso político, el inminente Nobel para María Corina y la presión que redefine el tablero en América continental
- Redacción Central

- Dec 7, 2025
- 7 min read
El gesto del Comité Nobel traduce una lectura internacional: reconocer la resistencia democrática venezolana como una causa de alcance global y colocar bajo los focos la situación de derechos humanos en Caracas. Pero el galardón también abre dilemas prácticos: la seguridad personal de la laureada, la respuesta judicial y política del régimen chavista y la capacidad de la oposición para articular un plan de transición creíble y unitario llegan a Oslo como asuntos pendientes. El premio no resuelve las fracturas internas, ni sustituye la necesidad de pruebas judiciales, de investigaciones independientes sobre muertes en custodia ni de garantías para el regreso de exiliados ni la liberación de presos políticos.
Por Redacción Central | @CoyunturaNic
Caracas, Venezuela

La cuenta atrás hacia la entrega del Premio Nobel de la Paz a María Corina Machado comenzó entre vigilias, marchas dispersas y un país exhausto que transita la frontera invisible entre la esperanza y el colapso. Este sábado 06 de diciembre de 2025, venezolanos en casi un centenar de ciudades del mundo salieron a las calles para acompañar simbólicamente a la mujer que, el próximo miércoles —si logra llegar a Oslo— recogerá un galardón que muchos califican no solo como suyo, sino como del país entero. "El Nobel es nuestro", rezaba el lema que se repitió en concentraciones desde Utrecht en Paises Bajos hasta Miami en Estados Unidos, en un gesto global que contrasta con el sepulcral silencio impuesto dentro de Venezuela.
Pero mientras el mundo fijaba la mirada en la líder opositora, una nueva tragedia volvió a desnudar la naturaleza del régimen chavista de Nicolás Maduro, que ella denuncia desde hace años: la muerte en prisión del exgobernador Alfredo Díaz, otro nombre que engrosa la lista de presos políticos fallecidos bajo custodia del Estado venezolano.
Un deceso que exhibe el sistema: Alfredo Díaz y el Helicoide como emblema
Díaz, de 55 años de edad y figura de Acción Democrática en Nueva Esparta, murió de un infarto fulminante en el Helicoide, sede del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (SEBIN) y uno de los centros de tortura más documentados del continente. Detenido tras el megafraude electoral del año pasado, formaba parte del centenar y medio de dirigentes apresados en la ofensiva represiva con la que el chavismo consolidó un nuevo ciclo de control absoluto.
Durante meses pidió atención médica. Durante meses se le negó. En prisión vio morir a su padre, sin posibilidad de despedirse. Su esposa, Leynys Malavé, no tiene dudas. "¿Qué pasó con mi esposo? ¿Me lo mataron?", reclamó con una mezcla de rabia, duelo y resignación.
En ese sentido, el Foro Penal contabiliza al menos 17 presos políticos fallecidos bajo la dictadura de Nicolás Maduro, y señala una responsabilidad directa del Estado en su custodia y salud. De los 887 presos políticos en el país suramericano, 20 son ciudadanos españoles, muchos con doble nacionalidad.
Entre los nombres que permanecen en el Helicoide se encuentran las activistas hispanovenezolanas Rocío San Miguel, Sofía Sahagún, Ángela Expósito, Karen Hernández y Montserrat Espinosa. "El Helicoide es un centro de tortura controlado por Delcy Rodríguez (vicepresidenta de Venezuela)", denunció la congresista estadounidense María Elvira Salazar esta semana, recordando que no se trata de un problema diplomático, sino de un patrón criminal.
La muerte de Díaz golpeó a la ciudadanía y coincidió con el arranque simbólico del camino hacia Oslo, donde se definirá, en gran medida, la capacidad internacional de protección a Machado.
El Nobel como punto de inflexión y un viaje bajo amenaza
Kristian Berg Harpviken, director del Instituto Nobel, confirmó este fin de semana que Machado estará presente en la ceremonia del miércoles 10 de diciembre de 2025. No aclaró cómo ni cuándo llegará, citando estrictas razones de seguridad. La pregunta es tan simple como inquietante: ¿puede salir? ¿Y podrá volver?
La ausencia de movilizaciones dentro de Venezuela, frente a las decenas organizadas en el exterior, es una señal de la atmósfera represiva que pesa sobre la población. En un país donde agentes policiales inspeccionan WhatsApp para rastrear conversaciones con palabras como "Trump" e "invasión", la vigilancia se ha naturalizado como instrumento de control cotidiano.
A esa ecuación se suma la instrucción reciente del propio Nicolás Maduro a los cadetes de la Policía Nacional: redactar en 24 horas propuestas para la "lucha armada popular". El mensaje, explícito y perturbador, revela la ideología doctrinaria que la administración chavista intenta reforzar entre sus cuerpos de seguridad y en la sociedad en general.
Expectativas, fracturas y la trampa histórica de la oposición
Mientras la comunidad internacional observa un posible punto de quiebre, Venezuela atraviesa un déjà vu histórico: la oposición vuelve a debatirse entre la euforia, el miedo y la desconfianza. Desde 2002 hasta las protestas de 2017, pasando por el interinato de 2019 y las elecciones de 2023 y 2024, la historia reciente ha estado marcada por momentos que parecían decisivos pero desembocaron en frustración.
María Corina Machado, convertida en referente global e icono político para la comunidad venezolana en el exilio, y para otras luchas cívicas en toda América continental, apuesta todo al colapso inminente del chavismo, y a una transición que será "la envidia" del mundo, cómo dijo en una reciente entrevista con el periódico español El Mundo. "La libertad hay que conquistarla… y requiere fuerza moral, espiritual y física", ha repetido en varias apariciones públicas. Su círculo insiste en cortar las fuentes de financiamiento del régimen: el narcotráfico, el contrabando de oro, el tráfico de órganos, las armas, el petróleo y la trata de personas.
Pero su visión no es universal dentro de la oposición.
Henrique Capriles, desde Caracas, alerta sobre la tentación de la épica fácil. "Esto no se arregla en un día", afirma. Sin pasaporte, relegado, insiste en que la solución debe ser política. También advierte del efecto polarizador dentro de la propia oposición: "si no estás con María Corina, dicen que estás con Maduro. Eso es inaceptable".
Timoteo Zambrano, desde el carril institucional, sostiene otra lectura: Venezuela no está en transición, sino en "agresión". Señala al presidente republicano Donald Trump por intereses petroleros y acusa a ciertos sectores opositores de "guerra psicológica".
En medio de tanto, analistas como Carmen Beatriz Fernández y Diego Bautista Urbaneja llaman a desinflar el dramatismo: no todos los escenarios conducen al apocalipsis ni a una liberación rápida. Estados Unidos, dicen, parece apostar más por un asedio prolongado que por un desenlace inmediato.
EE.UU., Donald Trump y la variable geopolítica
Donald Trump observa la crisis con creciente protagonismo. Washington considera al chavismo un adversario geopolítico y de seguridad, y ha multiplicado presiones —retóricas, militares y diplomáticas— que amplifican la sensación de que algo se mueve, aunque no esté claro hacia dónde.
La presencia confirmada de Daniel Noboa, José Raúl Mulino, Santiago Peña y Javier Milei en Oslo refuerza un mensaje regional: Caracas ya no enfrenta solo a su oposición interna, sino a un bloque hemisférico que la presiona y legitima al presidente electo Edmundo González Urrutia, cuyo yerno Rafael Tudares fue condenado esta semana a 30 años de prisión por supuestos delitos de terrorismo y conspiración.
Venezuela se mueve entre dos polos narrativos: la posibilidad histórica de un cambio y el temor a una catástrofe política, militar o social. La sociedad civil sufre agotamiento, la oposición está dividida y el régimen mantiene una capacidad intacta de represión, propaganda y control institucional.
Pero hay un hecho políticamente crucial: conviene —y mucho— que María Corina Machado llegue a Oslo. Lo dicen periodistas, diplomáticos y analistas consultados por COYUNTURA.
Su presencia daría visibilidad mundial a las violaciones de derechos humanos; reforzaría la narrativa de aislamiento del régimen y sus aliados, Nicaragua, Cuba, Venezuela, Rusia y China; y consolidaría un liderazgo opositor que, pese a sus divisiones, hoy concentra el mayor respaldo social dentro y fuera del país.
También es cierto que su salida es extremadamente peligrosa. Para algunos analistas, Washington podría estar diseñando las garantías para extraerla sin que el régimen pueda impedirlo —o puede que ya haya comenzado a hacerlo—, pero cualquier movimiento en ese sentido conlleva riesgos altos y consecuencias imprevisibles, sobre todo con el espacio aéreo venezolano cerrado, por orden de Trump.
El final abierto
Venezuela avanza hacia un punto decisivo sin que nadie pueda anticipar su desenlace. El país está fragmentado en expectativas: quienes creen que Maduro está contra las cuerdas, quienes ven un escenario de derrumbe nacional y quienes desconfían de cualquier épica tras años de falsas auroras. Todos hablan del final, pero no del mismo final, o de cómo será, o cuándo llegará. Pero dicen que llegará. Sí o sí.
La pregunta, sin embargo, puede estar mal formulada. Ya no es solo si Maduro caerá, sino qué oposición quedará para gobernar después, y si será capaz de reconocerse entre sí cuando ese futuro llegue.
Mientras tanto, el Nobel de la Paz, la muerte de Alfredo Díaz y la figura de María Corina Machado se han convertido en los tres vectores que definen este momento histórico, comenzando el último mes del año 2025: un país que se consume en la represión, una comunidad internacional que intensifica su presión aunque con puntos de vistas divididos, y una oposición que aún busca la forma de no implosionar mientras lucha por liberarse.
La cuenta atrás está en marcha. Y todas las miradas apuntan a Oslo y Caracas.
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