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Daniel y Rosario reaparecen en Managua, con el monumento a Hugo Chávez a sus espaldas, para "donar" autobuses chinos mientras llaman "descarado" a Ronald Reagan y "basura" a Taiwán

  • 17 feb
  • 7 Min. de lectura

El acto reflejó una estrategia ya conocida del oficialismo: vincular proyectos de infraestructura o asistencia económica con discursos de confrontación internacional y control interno. La combinación de elogios a China, ataques a Estados Unidos y descalificaciones a Taiwán sugiere un intento de consolidar alianzas externas mientras se refuerza el discurso de resistencia frente a presiones externas.


Por Jairo Videa | @JairoVidea

Managua, Nicaragua
Daniel Ortega, copresidente sandinista de Nicaragua, junto al embajador de la República Popular China, Qu Yuhui, en Managua, el lunes 16 de febrero de 2026 | Fotografía de El 19 Digital por Jairo Cajina
Daniel Ortega, copresidente sandinista de Nicaragua, junto al embajador de la República Popular China, Qu Yuhui, en Managua, el lunes 16 de febrero de 2026 | Fotografía de El 19 Digital por Jairo Cajina

Una semana después de condecorar simultáneamente a Jaime Morales Carazo con la Medalla de Reconciliación y Paz "Cardenal Miguel Obando" y la Orden de la Independencia Cultural Rubén Darío, los copresidentes de Nicaragua reaparecieron en Managua en un acto cargado de simbolismo político.


Con el monumento a Hugo Chávez como telón de fondo, Daniel Ortega y su esposa y comandataria Rosario Murillo encabezaron la tarde-noche del lunes 16 de febrero de 2026 la entrega de 180 autobuses de origen chino a cooperativas de transporte departamentales, mientras pronunciaban un discurso atravesado por descalificaciones contra Taiwán y una renovada pero poco extremista retórica contra Estados Unidos.


En la actividad participaron transportistas y delegados de diversas cooperativas que vestían camisetas con la imagen del matrimonio presidencial. La escena —con consignas, símbolos partidarios y presencia diplomática china— reforzó el mensaje político que acompañó la donación de los autobuses marca Yutong: el alineamiento público e inequívoco con la República Popular China.


"Basura taiwanesa" y la narrativa de Pekín


Ortega calificó a Taiwán como "basura" y negó su condición de Estado, replicando abiertamente la postura oficial de Pekín. "Los taiwaneses son chinos y deberían sentirse orgullosos de ser chinos y no basura taiwanesa", afirmó en plaza pública, en presencia del embajador chino en Managua, Qu Yuhui.


El mandatario sostuvo que la misión diplomática taiwanesa "usurpaba" un espacio que, según su versión, correspondía a la República Popular China desde los años noventa hasta diciembre de 2021, fecha en que Managua rompió relaciones con Taipéi y restableció vínculos con Pekín.


Sin embargo, durante más de 15 años bajo el propio Estado de Ortega —desde su retorno al ahora Órgano Ejecutivo en 2007 hasta la ruptura en 2021— Nicaragua mantuvo relaciones diplomáticas activas con Taiwán, recibió cooperación financiera y sostuvo incluso un tratado de libre comercio.



Durante tres décadas, Taiwán financió proyectos de infraestructura social, programas agropecuarios, asistencia técnica, microcréditos y becas para jóvenes nicaragüenses. Parte de esa cooperación fue ejecutada mientras el actual régimen ya se encontraba consolidado en el Ejecutivo. Aun así, Ortega descalificó a ese antiguo aliado sin matices, en un discurso que analistas y opositores interpretan como una señal dirigida a reforzar su lealtad política hacia Pekín.


Sobre China, el mandatario afirmó que, entre las potencias que —según él— "oprimen y explotan" a los pueblos en desarrollo, es "la única excepción" y que brinda ayuda "sin condiciones ni injerencias". Presentó la entrega de los 180 autobuses como muestra concreta de esa relación y defendió a Pekín en el escenario internacional, asegurando que no participa en guerras, a diferencia de otras potencias.


Acto sandinista del lunes 16 de febrero de 2026 en Managua, Nicaragua | Fotografía de El 19 Digital por Jairo Cajina
Acto sandinista del lunes 16 de febrero de 2026 en Managua, Nicaragua | Fotografía de El 19 Digital por Jairo Cajina

Reagan, 1990 y otra relectura de la historia


Como en intervenciones anteriores, Ortega dedicó buena parte de su alocución a reinterpretar los acontecimientos de los años ochenta y las elecciones de 1990. Señaló al expresidente estadounidense Ronald Reagan como responsable de haber infundido "terror" en el pueblo nicaragüense antes de los comicios en los que fue derrotado por la expresidenta Violeta Barrios de Chamorro.


Según Ortega, la población votó "con una pistola en la cabeza", en una supuesta elección entre Nicaragua y Reagan. En su relato, el entonces presidente estadounidense habría advertido que, si el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) ganaba, la guerra continuaría.


No obstante, Reagan había dejado la Casa Blanca el 20 de enero de 1989, más de un año antes de las elecciones nicaragüenses de febrero de 1990. Para entonces, el presidente de Estados Unidos era George H. W. Bush. Ortega tampoco aludió en su discurso al desgaste interno que enfrentaba su entonces administración tras una década de conflicto armado, crisis económica, denuncias de autoritarismo, censura y la imposición del servicio militar obligatorio, que marcó a miles de familias.


Chamorro obtuvo en 1990 el 55.7 % de los votos frente al 40.8 % alcanzado por Ortega. A pesar de esa diferencia, el mandatario insistió en que la victoria opositora se debió exclusivamente al respaldo de Washington y al miedo promovido por la administración estadounidense. También afirmó que Estados Unidos "tuvo la oportunidad" de "bañar de riquezas" a Nicaragua tras esos comicios, pero no lo hizo.


En su recuento omitió igualmente el contexto internacional de finales de los ochenta, cuando la Unión Soviética, bajo el liderazgo de Mijaíl Gorbachov, reducía su apoyo político, económico y militar a aliados como el sistema sandinista, en medio de su propio proceso de transformación interna.


Un discurso en medio de presión internacional


La reaparición de Ortega ocurre en un momento de tensión externa para el régimen. Estados Unidos mantiene sanciones contra funcionarios nicaragüenses y ha reiterado llamados a la liberación de presos políticos. Además, el gobierno estadounidense ha cuestionado la figura de la "Copresidencia" asumida por Murillo y su esposo, señalando que responde a una estrategia para consolidar el control del poder pseudo-monárquico.


En paralelo, Washington ha incrementado la presión sobre aliados regionales del sandinismo. En ese contexto, el reforzamiento del vínculo con China aparece como un movimiento geopolítico clave para Managua, tanto en términos simbólicos como materiales.


Las declaraciones contra Taiwán generaron reacciones inmediatas de voces opositoras y analistas. El desterrado y desnacionalizado Juan Sebastián Chamorro calificó este martes 17 de febrero de 2026 en medios exiliados el discurso como una muestra de oportunismo y sostuvo que Ortega ha seguido históricamente un patrón de aprovechar la cooperación internacional y luego descartar a sus aliados cuando deja de necesitarlos.


Según Chamorro, el insulto no fue un exabrupto, sino un gesto calculado para congraciarse con Pekín y asegurar nuevos beneficios económicos, como proyectos de infraestructura o asistencia financiera. También subrayó que Taiwán es una democracia con competencia y transparencia electoral, y cuestionó la ética de un giro diplomático que descalifica públicamente a un socio que sostuvo programas de cooperación durante años.


El analista Alex Aguirre coincidió en que el cambio responde a un cálculo político-institucional más que a una lógica diplomática. Recordó que Taiwán aportó millones de dólares en donaciones y financiamiento, especialmente después de la crisis social, política, humanitaria, de seguridad y de derechos humanos iniciada en abril del año 2018, cuando el régimen nicaragüense enfrentó aislamiento internacional.


Acto sandinista del lunes 16 de febrero de 2026 en Managua, Nicaragua. En la imagen, Rosario Murillo, Laureano Ortega Murillo y Qu Yuhui | Fotografía de El 19 Digital por Jairo Cajina
Acto sandinista del lunes 16 de febrero de 2026 en Managua, Nicaragua. En la imagen, Rosario Murillo, Laureano Ortega Murillo y Qu Yuhui | Fotografía de El 19 Digital por Jairo Cajina

La activista Alexa Zamora señaló que el ataque verbal se inscribe en un patrón reiterado de conducta: primero la confiscación de bienes vinculados a la embajada taiwanesa y luego la escalada retórica. Para Zamora, el episodio refleja una política exterior basada en conveniencia y no en principios.


El mensaje de Murillo: "tienen familias aquí"


En el mismo acto, Rosario Murillo evitó replicar los ataques directos contra Estados Unidos o Taiwán, pero emitió un mensaje que fue interpretado como advertencia hacia opositores en el exilio. Recordó que muchos críticos "tienen familias aquí que viven seguros", en alusión a sus parientes en Nicaragua.


La declaración se produce en un contexto en el que cientos de opositores han sido despojados de su nacionalidad, desterrados y obligados al exilio, mientras la administración del FSLN insiste en que "no tienen Patria". Murillo también acusó a los disidentes de ingratitud y afirmó que el país vive "sin odio", pese a las denuncias nacionales e internacionales sobre represión y persecución política.


La escena en Managua —autobuses chinos alineados, cooperativistas uniformados con imágenes del liderazgo, el monumento a Hugo Chávez al fondo y el embajador chino presente— sintetizó el mensaje político del evento: reafirmación del eje con Pekín, confrontación discursiva con Washington y descalificación del antiguo aliado taiwanés.


La entrega de los 180 buses fue presentada como un logro de soberanía y cooperación "sin condiciones". "Hoy podemos decir que contamos con una flota de 4,610 buses y microbuses", dijo Ortega este lunes desde Managua; al menos 2,300 de ellos son de origen chino. Sin embargo, el acto trascendió la dimensión logística del transporte público y se convirtió en una plataforma para reescribir episodios históricos, enviar señales geopolíticas y lanzar advertencias internas.


En un escenario de creciente aislamiento internacional y cuestionamientos por derechos humanos, la dictadura familiar optó por un discurso de confrontación externa y cohesión interna, respaldado por nuevos símbolos y aliados.



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